MANIFIESTO POR EL SALVADOR

A mis amigos y a mis detractores, capitalistas empresarios de derecha (la buena) y los de esa izquierda progresista, amantes todos de nuestro querido El Salvador: un llamado a la reflexión

Por Hermann W. Bruch

Sin pretender ser moralista ni predicador barato de plaza pública, me parece que estamos jugando con fuego. Peor aún, con nuestra apatía estamos permitiendo que otros jueguen con fuego poniendo en peligro de incendio a nuestra querido país.

Seguramente todos hemos hecho nuestras propias conjeturas al leer las noticias acerca de lo que está sucediendo en gran parte del mundo árabe: Túnez, Egipto, Yemen, Jordania, Libia (y vienen los demás). He escuchado personas decir que aquí puede pasar lo mismo. Otros creen que eso es imposible, que “las condiciones no están dadas” (no puedo evitar recordar esos argumentos banales previos a nuestra guerra fratricida, cuando decíamos que aquí no era posible un movimiento guerrillero pues nuestra benemérita Guardia Nacional controlaba cada metro cuadrado del territorio).

¿Qué estamos esperando? ¿Vamos a dejar que el cansancio de la gente llegue a tal punto de salir a las calles e incendiar todo a su paso? ¿Vamos a esperar a que el crimen organizado, las mafias, el narcotráfico o los Zetas se tomen el 60% de nuestro país como han dicho que está sucediendo en Guatemala? ¿Cuánto de nuestras instituciones ya está en manos de estas mafias? ¿Somos tan ciegos que no queremos ver lo que está sucediendo día a día? ¿Somos tan sordos que no escuchamos los llamados que hacen algunos malos políticos para tomarse el poder de manera absoluta burlándose de nosotros los electores?

¿Cuántas de nuestras empresas pueden trasladar sus operaciones a Panamá, Miami, República Dominicana, cuando ya no se pueda operar aquí? ¿Cuántos de nosotros tenemos los recursos económicos para mudarnos de país cuando ya sea imposible vivir aquí? ¿Qué tan “seguros” creen algunos de ustedes que es hacer “negocios turbios” con estas mafias? ¿Será que el dinero es tan atractivo como para dejar atrás nuestros principios y valores cuando vamos tras su búsqueda sin importar con quiénes nos estanos asociando?

¿Alguna vez nos hemos hecho la pregunta, en serio y con toda la honestidad, de si vale o no la pena rescatar a nuestro País de las garras del crimen organizado? ¿nos hemos hecho alguna vez la pregunta de cómo podemos ayudar a que nuestro país vuelva a ser un país próspero, seguro, tranquilo y estable?

He escuchado a mucha gente decir que la democracia nos ha traído estabilidad. ¿A quién creemos que estamos engañando cuando decimos esas tonterías? ¿Es que somos tan ingenuos, ignorantes o simplemente idiotas de llamar a esto que tenemos una democracia? ¿A qué llamamos estabilidad?

Igualmente me pregunto si de veras hay quien se crea ese cuento que nos meten a cada rato de que somos un país libre. ¿Libertad para hacer qué es la que supuestamente tenemos? ¿Puede alguno de nosotros, libremente, importar medicinas, insumos agrícolas, carros (que no sean chatarra, por supuesto), cervezas, cemento, y tantos otros productos y montar un negocio limpio, sin tener que pagar mordidas a funcionarios corruptos, sin tener que tener padrinos en la Asamblea o sin tener que formar parte de algún odioso oligopolio? Será que podemos meternos libremente al “negocio” del transporte sin correr peligro de que nos mandan a matar?

¿Puede un grupo de ciudadanos formar un movimiento y convertirlo en un partido político, de manera libre y transparente? ¿De verdad creemos el cuento de que somos un país libre y democrático?

Creo firmemente que aún podemos hacer algo por salvar a nuestro país de una catástrofe (“crash”) social. Pero para lograrlo tenemos que dejar de ser ingenuos, tenemos que dejar de ser tan “animalas” (astutos) para los negocios, tenemos que volver un poco hacia el pasado cuando aún creíamos en valores y principios, de la forma en que nos los inculcaron nuestros padres y abuelos.

Tenemos que plantarnos firmemente ante los corruptos, ante los políticos sin escrúpulos que se han tomado los partidos para convertirlos en un club social privado y plataforma de hacerse ricos. Tenemos que vernos la cara a nosotros mismos en el espejo y preguntarnos: ¿Qué clase de País quiero que sea El Salvador? ¿Qué estoy dispuesto a hacer por mi País? ¿Qué clase de salvadoreño soy?

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