Democracia, ¿para qué?

Escrito para Diario La Página, 7 marzo, 2011


Recientemente llegó a mis manos una definición que me llamó mucho la atención, por su simplicidad y por su tremenda lógica. Decía algo así:


“La Democracia sueca está basada en una premisa simple: el derecho a la Libertad de Expresión (RFS – Right to Free Speech). Los ciudadanos suecos tienen un derecho inalienable a decir, pensar y creer lo que les venga en gana. Cualquier otro derecho básico, tal como la Formación de Gobierno o la Libertad de Organización son meras extensiones prácticas de la Libertad de Expresión”


Me quedé cavilando acerca de muchas cosas en torno a este tema y no he dejado de sentir lástima por mi País y envidia por aquellos países que tienen sistemas que están muy aventajados en cuanto al respeto a los ciudadanos y a sus derechos fundamentales.

Este día he podio leer la columna de don Luis Fernández Cuervo (DdeH, 7 marzo, 2011), a quien leo siempre con interés por sus serios y valiosos aportes, “Verdad y libertad en las democracias” en donde nos vuelve a dejar la inquietud de si nuestras endebles, maltratadas, manoseadas y desprestigiadas democracias (calificativos míos), en donde hace un interesante recuento de lo que sucede en algunas democracias reconocidas (EE.UU., Inglaterra, Chile, de 1833 a 1970), en dónde realmente la democracia está sustentada en el imperio de la ley, en un verdadero Estado de Derecho, pero con libertades restringidas a las que permite la ley. Y luego pasa a ofrecer una visión: “No hay verdadera libertad más que en la verdad”.

Pero lo más provocativo, en el buen sentido de la palabra, es la parte en la que describe a ciudadanos chilenos que en su momento regresaron de España, durante la dictadura de Francisco Franco, (cito textualmente) “alegres de haber encontrado allí una vitalidad nueva y fuerte, un mayor gozo de la vida, una dignidad personal, una fuerte solidaridad y una abierta amistad de la que no gozaban antes en la democracias chilena”.

Esto me hizo recordar algo similar, mi vivencia personal de los años que viví en chile, durante la dictadura del General Pinochet, en la que pude ver un dinamismo ciudadano nunca antes visto en mi país o en ningún otro lugar en donde haya podido vivir por algún tiempo (EE.UU., Inglaterra, Australia). Gente trabajando con ahínco, con tranquilidad, con vitalidad y más que todo, dentro de un ambiente de seguridad, tanto física como jurídica.

Podía uno comprar libros, revistas, periódicos de todo tinte y pensamiento, en los kioscos de la ciudad mientras los políticos se devanaban los sesos para tratar de desprestigiar al régimen dictatorial. Lo único prohibido y castigado eran las acciones subversivas encaminadas a desestabilizar al régimen y, esto en sí, era reprochable. Pero al mismo tiempo, el país y su gente progresaban y se encaminaban hacia una verdadera democracia, lo cual sucedió, paradójicamente, en 1989.

Mientras tanto, en nuestro país se libró un cruenta (y muy lucrativa) guerra entre nosotros mismos, supuestamente para combatir los abusos que desde el estado se cometían contra los ciudadanos y, al llegar a un “acuerdo” inducido por fuerzas foráneas, habríamos encontrado la solución a nuestros males. La Democracia había llegado a nuestras tierras y de ahí en adelante viviríamos en paz, con desarrollo y prosperidad. “Sonamos muchachos”, como diría Mafalda.

Lo que nos entregaron los bienintencionados(?) mediadores de las UN ha sido una tremenda burla para los ciudadanos. Una “partidocracia” mediocre y corrupta que nos ha mantenido asfixiados durante casi dos décadas y…siguen intentándolo. Y nosotros los ciudadanos, mediocres también, apáticos, muy posiblemente “con la cola pateada” sin agallas para “decir, pensar y creer lo que nos venga en gana” seguimos quejándonos de todos nuestros males y esperando que un chapulín colorado (presidente, caudillo, predicador, malandrín o lo que sea) venga a salvarnos. Algunas encuestas dicen que hay nostalgia por los militares. ¡Qué horror!

¡Vaya “paisito” en el que me tocó nacer y vivir! (Al que se sienta ofendido, respetuosamente le hago la “señita”)

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