¿Y después de Obama, qué?

 

Todo lo necesario para el triunfo del mal es que los hombres de bien no hagan nada

Edmund Burke

 

Nuestro país se ha visto envuelto en una vorágine mediática (interna por supuesto ya que al resto del mundo no le interesa) a raíz de la visita fugaz del Presidente de EE.UU., Barak Obama. Todos los que de una forma u otra hemos tenido algo que decir al respecto, ya lo hemos dicho todo. Sin embargo, muy poco o nada se ha dicho acerca de qué es lo que va a pasar ahora.

 

Obama nos trajo unos cuantos dólares – $200 millones (algunos medios han hecho alharaca de esta cifra), que puestos en perspectiva no son la gran cosa. Serán entregados por sustos, al través de 5 años, entre los países de la región, supuestamente para seguridad, pero en realidad para la seguridad de los mismos EE.UU. por el tema del narcotráfico.

 

Si es que llegan intactos los 200 millones de dólares, el impacto por año y por país anda alrededor de los $5 millones. Esto es el equivalente de lo que gastamos en carros de lujo para funcionarios públicos y familiares y amigos del gobierno y en el despilfarro para financiar viajes de placer de diputados, plazas fantasmas en la Asamblea, el ejército de guarda espaldas, asistentes y secretarias. Quizá incluso esta suma no alcanzaría para tanto. Como podemos ver, no es gran cosa.

 

Pero dejemos de hablar de lo que ya pasó o de lo que no podemos cambiar, al menos no de inmediato. Ahora lo que nos interesa a los salvadoreños es ver hacia adelante, hacia el futuro de nuestro país, hacia la búsqueda de soluciones. Veamos qué podemos hacer para que el cambio – el verdadero cambio – llegue a nuestro país.

 

Es imperativo que el Decreto Legislativo No. 635 sea denunciado y dejado sin vigencia. El Presidente puede vetarlo. Si no lo hace, los ciudadanos debemos acudir nuevamente a la Sala de los Constitucional de la Corte Suprema de Justicia para pedir que sea declarado inconstitucional. Estos son caminos legales y jurídicos que no hay que menospreciar, Pero en este caso, posiblemente no nos llevan a buen puerto, pues significa enfrentar a los poderes del Estado y esto nunca es del todo saludable, menos en una democracia débil como la nuestra.

 

Lo que falta por hacer y que no hemos hecho, es enfrentar a los poderes del Estado, no entre sí sino contra la ciudadanía organizada, fuerte y firmemente decidida a ejercer su soberanía. Muchos me responden que esto es una utopía, un sueño, que no es viable, etc., etc. Pamplinas digo yo. Esta no es más que la respuesta de quienes no quieren meterse en problemas, que quieren seguir mamando de un Estado que ya no da para más, que dejan que todo sea resuelto por otros, por arte de magia, rezándole al santo tal o cual.

 

El momento ha llegado para que “los hombres de bien” comencemos a hacer lo que tenemos que hacer y, que además, tenemos la capacidad y los recursos para hacer, siempre y cuando tengamos voluntad de hacerlo.

Tenemos un potencial no utilizado en los medios alternativos – redes sociales y demás – para movilizar a la ciudadanía que está cansada de ser atropellada por una casta de malos políticos que se han apoderado del sistema en lo que conocemos como una “partidocracia”. El peligro de no hacer nada es que esto puede desembocar en una oclocracia, lo que la Real Academia define como: Del gr. ὀχλοκρατία. 1. f. Gobierno de la muchedumbre o de la plebe. El peligro de esto es que conduce a la ingobernabilidad resultante de la aplicación de políticas demagógicas.

Sin menospreciar a las masas, sin pretender denostarlas, debemos comprender que la demagogia no nos conduce a nada bueno si no miremos lo que ha sucedido, está sucediendo y seguirá sucediendo en el mundo, con resultados catastróficos, si no prestamos atención a la necesidad de tener gobiernos decentes, eficientes, honestos y comprometidos con el bienestar y el desarrollo de sus pueblos.

Nosotros tenemos que encontrar la manera de reunir a un grupo de personas para conformar esa masa crítica indispensable para hacer que las cosas sucedan: capacidad intelectual, poder de convocatoria, autoridad moral, credibilidad y recursos organizativos. Esas personas buenas dispuestas a hacer algo para evitar el triunfo de las fuerzas del mal. Las estrategias existen; el camino a seguir ya lo conocemos; los ejes principales y prioritarios sobre los que hay que actuar son de dominio público.

El primer objetivo debe ser el de hacer los cambios en el sistema electoral para entregarle al pueblo la capacidad de elegir y de paso, transitar hacia un sistema político que propicie una mayor y mejor participación ciudadana para fortalecer nuestra democracia antes de que ésta sea utilizada como vehículo para el establecimiento de un autoritarismo totalitario y vulnerable a caer en las garras del crimen organizado.

 

 

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