¡New Orleans!
Por Hermann W. Bruch

La madre Naturaleza habló. Habló con fuerza. Despiadadamente. Con tanta crueldad y enfado como nunca antes lo hizo en el país que clama ser el adalid del mundo, de la humanidad, ¡de NADA!

Hace 47 años, cuando la vida universitaria de mi país comenzaba a sentir los embates de la izquierda embelezada con cantos de sirena que venían de una Europa emregente de una guerra sin sentido, desgarrante y disruptiva, amenazada por la bota estalinista, alucinada por las ideas de un Sartre paranoico que se embriagaba en los cafés de Paris y de un Fidel cubano manipulado hábilmente por un egocéntrico argentino saciado de las injusticias del mercantilismo y del imperialismo yanki, pero carente de respuestas claras para enfrentar los desafíos de una Latinoamérica idiotizada por sus falsos líderes, me tocó la suerte de irme a Louisiana, estado sureño de Lo EE.UU, a estudiar a la Universidad estatal, conocida por las siglas LSU.

LSU está ubicada en Baton Rouge, capital del estado. A una hora de New Orleans, esa bella y señorial ciudad del “cajun” sureño, capital del jazz y cuna de los más grandes exponentes del “dixie” y del “blues” afro americano, en donde jóvenes y adultos, turistas y lugareños nos encontrábamos cada fin de semana en las calles del afamado Bourbon Street, deambulando de bar en bar, en búsqueda de relajamiento y entretenimiento.

Hoy New Orleans es historia. No es concebible que pueda volver a ser lo que fue. Es casi imposible. Imposible porque el hombre que la hizo posible ha estado evolucionando a ser un hombre incapaz de defender sus propias creaciones. El país más rico y poderoso del mundo ha demostrado ser incapaz de acudir al rescate de su gente ante la adversidad. Se mete en la vida de los demás países. Les hace la guerra y luego se convierte en el super reconstructor. Pero es incapaz de enviar ayuda a sus propios ciudadanos.

En los “boites” de New Orleans y en el afamado “river boat” President, pasé horas inolvidables. Me ganaba los “traguitos” y la comida tocando el piano, intentando infructuosamente de aprender la técnica del jazz, pero deleitando a los trasnochadores con el arte del bolero, el son, la rumba, el tango y tantas otros ritmos latinos que sabía interpretar en ese majestuoso instrumento que los grandes de la música llamaron el instrumento perfecto.

Esos días fueron sin duda los más importantes de mi vida. Aprendí a ser, aprendí a expresarme, aprendí a aprender, aprendí a entender, aprendí a vivir. Ni siquiera logré obtener un título académico pues entonces, al igual que ahora, no hay títulos que acrediten ese aprendizaje. Vivir es lo único para lo que hemos venido a este mundo y por alguna razón que aún no entiendo, el hombre no ha diseñado un título, aunque sea “honoris causa” para dar crédito a quienes hemos logrado aprender a vivir.

Hoy escribo estas líneas, contemplando la lluvia desde mi terraza en la casa de montaña que tanto adoro, por estar precisamente en la más vulnerable cordillera de nuestro país, la cordillera del Bálsamo, esa cadena montañosa que puede desmoronarse ante cualquier expresión de la naturaleza, pero que me recuerda que soy finito, insignificante, vulnerable, mortal, pero lleno de vida mientras esta me dure, lleno de agradecimiento por cada instante que Dios me permite quedarme en este paraíso tan frágil, pero tan bello que nos ha dado.

Paraíso, como todos los paraísos del mundo que, por nuestra insensibilidad y estupidez estamos destruyendo a pasos agigantados. La ciencia está cada día más avanzada y cada día más ciega. El ser humano se deslumbra fácilmente con sus propios logros y se niega a reconocer los milagros de la naturaleza. ¿Milagros? Más bien podríamos describirlos como fenómenos, pero precisamente porque la ciencia prefiere llamar fenómeno a lo que en realidad es un milagro, es que no hemos podido encontrar esa paz interior que nos permita descansar y apreciar lo que tenemos delante de nosotros.

Quizá New Orleans nos deje una lección. Quizás no. Total, no es la primera ni será la última lección. Los seres humanos hemos aprendido a acumular conocimiento, pero no hemos aprendido a aprender. Los animales nos aventajan en ese sentido. Nunca tropiezan con la misma piedra. Pero si somos inteligentes, debiéramos hacer una pausa en el camino y preguntarnos ¿cuál es el mensaje?

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