Ya perdimos la capacidad de funcionar como país
Por Hermann W. Bruch

Solo basta con hacer un repaso a nuestra realidad nacional para llegar a la conclusión de que hemos perdido la capacidad de maniobra, tanto como país como a nivel de las empresas, las instituciones, las universidades y en el plano individual.

Hemos descuidado por tanto tiempo lo institucional dejándolo a merced de los inescrupulosos, los pícaros y los ineptos a tal grado que ahora que las exigencias de la globalización y los tratados de libre comercio nos ponen a prueba. Se está evidenciando un colapso de enormes proporciones con consecuencias imprevisibles.

Las cifras de homicidios ya son escandalosas, excepto que ya perdimos la capacidad de escandalizarnos. Solo fuera del país el problema es percibido en sus reales dimensiones. Los delitos cometidos en el manejo de la cosa pública son tantos y tan frecuentes que ya nadie se preocupa de hacer nada. Y aunque se quisiera, ya no es posible actuar pues no hay capacidad instalada para procesarlos y si la hubiera, el sistema está tan corrompido que, el proceso sería ineficiente.

Hablar del problema del transporte es, sin temor a hiperbolizar, una pérdida de tiempo y espacio. Abrumadora es la prepotencia del gremio y su infiltración en nuestro primer órgano del estado. ¿Es que los salvadoreños hemos perdido también la capacidad de respetarnos y hacernos respetar? Lo que está sucediendo con ese tema es rayano a la chabacanería, sin necesidad de hacer mención de los personajes chabacanos que forman parte de ese gremio junto a sus representantes dentro de la asamblea legislativa de la cual se han adueñado por medio de un partido que se dice llamar salvadoreño. Insulto a la salvadoreñidad.

Veamos el tema del seguro social. Institución que ha sido asaltada por todo tipo de pícaros que sólo buscan chuparle la sangre al país, a la institución y al pueblo, parapetados en seudo sindicatos que han demostrado su espuria naturaleza con sobrada claridad.

La impunidad al galope se detecta en muchos de los ámbitos del diario vivir de los salvadoreños. Transitamos por las calles y nos encontramos a cada paso con amenazas a nuestra integridad física. Los mareros son dueños del territorio que deciden hacer propio. Los ladrones de tapaderas de tragantes ponen en peligro no sólo la integridad de los vehículos sino también de la vida de los ciudadanos. ¿Por qué no se detiene este simple delito? Sería tan sencillo como poner agentes encubiertos a las entradas de las pocas empresas de fundición para detectar la compra ilegal de estas piezas de hierro. Un par de fundiciones multadas millonariamente o cerradas por tiempo indefinido sería suficiente para terminar con este flagelo. Una pequeña demostración de voluntad política institucional que daría pie a una campaña de recuperación de la institucionalidad. Pero quizá no se puede porque a lo mejor estas empresas son patrocinadoras de más de alguno de los partidos políticos influyentes.

¿Y que decimos de problemas como el SIDA que nos azota galopantemente sin que se pueda ni siquiera hablar de medidas preventivas como el condón, pues se estaría tocando el territorio moral de una iglesia que no ha querido ni siquiera discutir el tema con seriedad? (ahora parece que está intentándolo….veremos).

¿Qué clase de país tenemos? ¿Realmente podemos decir los salvadoreños que nos sentimos orgullosos de saludar a nuestra patria como lo sugiere nuestro himno? No nos engañemos con simbolismos sensibleros. Ni somos buenos salvadoreños ni somos éticos. Sencillamente somos un país en donde hemos perdido el honor. El día a día y la necesidad de hacer pisto nos está corroyendo lo más profundo de nuestro ser.

Reflexionemos compatriotas.

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