¿Y ahora qué?

¿Cuándo rebalsará el vaso?

Por Hermann W. Bruch

Nos estamos acostumbrando peligrosamente a que nuestros representantes y gobernantes tranquilamente nos ofendan sin que nosotros demostramos nuestra indignación y nuestro cansancio. No basta conque constantemente expresemos nuestro descontento a través de diferentes espacios de expresión, tales como las ya famosas redes sociales o los mismos espacios mediáticos accesibles a los ciudadanos. La clase política y los gobernantes parecen no tener interés en lo que les estamos diciendo. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que nuestra opinión no es incidente.

La incidencia es algo que tiene que ver con el poder. La opinión de una persona o de un grupo social, sea una gremial, o una ONG, las Iglesias, Universidades, etc. tiene más o menos incidencia en la medida que tienen poder de lograr producir un cambio. Si yo soy el gerente de una empresa, mi opinión tiene mucha capacidad de incidencia. Si soy un poderoso empresario, tengo bastante incidencia. Si soy el líder de un movimiento ciudadano con cientos de miles de seguidores, tengo la capacidad de incidir mucho más que si soy un simple ciudadano desconocido.

Al final del día, lo que interesa es realmente la capacidad de incidir que tengamos y, como están planteadas las cosas, las redes sociales y los ciudadanos que nos movemos en esos espacios, aún no tenemos mucha capacidad de incidir, al menos que logremos impactar en otros grupos de poder con nuestras ideas o exigencias.

En El Salvador lo que hace falta es crear los mecanismos necesarios para convertir el clamor ciudadano en incidencia. Esto normalmente ha quedado relegado a los momentos en que hay elecciones y aún así no llegamos a incidir completamente pues, como ya hemos analizado a la saciedad, no somos los votantes los que elegimos sino las cúpulas de los partidos. Nosotros somos simplemente ratificadores de lo que esas cúpulas deciden.

Ahora bien, cuando tenemos una situación en la que hay una desconexión entre la ciudadanía, los grupos de presión y los funcionarios, es obvio que la incidencia se ve minimizada y quienes debieran estar rindiéndonos cuentas de sus actos se sienten cómodos en sus puestos pues no sienten temor de que se puedan producir cambios. ESO ES LO QUE TENEMOS QUE CAMBIAR. Sólo si somos capaces de coordinar nuestros esfuerzos y de poner en sintonía nuestros intereses es que vamos a lograr que la clase política y nuestros gobernantes cambien de actitud. Solo cuando ellos entiendan que estamos dispuestos a exigirles cuentas claras y a ejercer nuestro poder constitucional (como pueblo somos el origen de todo) es que podremos esperar que cambien las cosas en nuestro país.

Hemos podido observar que ni siquiera las demandas provenientes de un amplio sector de la sociedad civil, despojado de tintes ideológicos, han logrado el efecto deseado. Parece ser que ha llegado el momento de una acción más fuerte y más generalizada. No esperemos a que sea demasiado tarde. Sólo prestemos atención a las intenciones de presidente Funes de adulterar la única Institución saludable y fuerte que tenemos, la Sala de lo Constitucional de la CSJ por medio de ese SUPER ADEFESIO que ha enviado a la Asamblea este día jueves 7 de julio, día negro para nuestra democracia.

Es hora de entrar a la movilización general lo cual podría significar un paro nacional, una huelga de brazos caídos o cualquier otro tipo de expresión social de amplio espectro para poner fin a tanto atropello que constantemente estamos soportando de parte de gobierno y de representantes del pueblo en la asamblea. Si de verdad queremos que cambien las cosas, tendremos que demostrarlo contundentemente. ¿Seremos capaces?

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