CUESTIÓN DE LÓGICA

Fumar o no fumar: esa es la gran pregunta. ¿Será?

Por Hermann W. Bruch

A propósito del veto presidencial a la Ley Antitabaco, muchas cosas se han escrito en las redes sociales y mucho se ha hablado en los programas de entrevistas. Incluso este servidor ha entregado su muy particular visión en un programa de radio, “Punto de Encuentro” de la UFG Radio, 105.3 FM, que se transmite todos los jueves de 6 a 8 p.m.

Digo muy particular visión pues, aunque no soy el único que apoyó el veto, mi posición lleva componentes que las otras no tienen. En mi caso, mi repudio a esa ley es por el hecho de ser una mala lay. Una pésima ley. Y aquí es donde comienzan a caerme los insultos, pues la gente cree que yo me opongo a la ley que regule el uso y abuso del tabaco y no hay nada más alejado de la verdad que eso. Me opongo a las chabacanerías de nuestros diputados. Me opongo a los dictámenes que nos llegan del exterior. Me opongo a la falta de congruencia que veo en la clase política. Me opongo a la politiquería.

Esa ley que vetó el presidente está hecha con las patas. Mejor aclaro esto. La propuesta que viene de las Naciones Unidas bajo el auspicio de la Organización Mundial de la Salud no es mala. Lo malo es que cuando los diputados la quisieron convertir en ley, le metieron mano por dónde pudieron; técnicamente la manosearon hasta dejarla como un pedazo de papel sin ningún valor. No sé si esto sucedió por error, por ignorancia o por simple animalada, cosa que creo es lo más factible. Se quisieron pasar de vivos.

El presidente al vetarla eso es lo que quiso decirles, y no lo entendieron. Hay quienes alegan que el presidente debió simplemente observarla, pero él aprovechó para decirles, señores diputados, esta cosa no sirve, no tiene basamento filosófico-jurídico, es entrometidamente prohibitiva, etc. Vuelvan a intentarlo. Desgraciadamente, 56 zánganos se pusieron de acuerdo y sobrepasaron el veto. Pleito de viejas placeras, diría yo.

Como dije al principio, el uso y abuso del tabaco debe ser regulado, así como se regula el tráfico vehicular. Sería insólito prohibir que circulen carros y buses porque matan. (y ya hablaremos de buses más adelante). Lo lógico es hacer un reglamento que regule estas cosas, para proteger los derechos de todos. No se vale proteger a las mayorías atropellando derechos individuales de minorías.

Los que deciden fumar y correr el riesgo de causar daño a su salud, no deben hacerlo poniendo en riesgo la salud de los demás. Eso lo entiende el más pintado idiota. Pero eso no justifica atropellar, con la ley, los derechos de quienes gustan de aspirar el humo de un buen habano o de un venenoso cigarrillo, siempre y cuando lo haga en el lugar adecuado para ello. ¿Cuá sería este lugar adecuado de acuerdo e esta ley? No lo saben ni los mismos legisladores, pues son tan poco ilustrado e iluminados que ni siquiera se tomaron la molestia de averiguar cómo lo hacen países más civilizados.

Los 56 zánganos que se pusieron de acuerdo para sobrepasar el veto del presidente lo hicieron por oportunismo electorero, simplemente. Las pasiones que despierta el debate alrededor de estos temas es comprensible, pues es el resultado de la pereza mental que predomina, aún entre gente que se consideran pensantes. Pero bueno, no me meteré en esas aguas turbulentas pues no conseguiría nunca convencer a nadie que no esté dispuesto a abrir los oídos y su mente.

La incongruencia legislativa va por el lado de la salud del pueblo. Nunca estuvo en la mente de nuestros mal llamados representantes preocuparse por el bienestar general y la salud de los salvadoreños, pues de haber sido así, lo hubieran hecho desde hace muchos años y no a último minuto cuando la exigencia venía de nuestros “papis” internacionales.

¿Por qué no salen de circulación todos esos buses chatarra que nos causan mucho más daño a nuestros pulmones? Eso ni se discute, pues todas las fracciones representadas en la asamblea tienen dueños de buses en su seno. TODAS. En ese momento la salud nuestra, la del pueblo, la de los ciudadanos, la de los que pagamos impuestos, los que trabajamos honradamente, les vale un pepino. Tan sencillo como eso. Y por lo tanto, sigo pensando y gritando a diestro y siniestro que esa clase política no merece ningún respeto de mi parte. Y por lo que dicen las encuestas, no merecen el respeto de la gran mayoría del pueblo.

¿Hasta cuándo? Las elecciones ya vienen y ya se sienten viento distintos.

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