Honestamente, ¿qué podemos hacer?
Por Hermann W. Bruch

Ya no tenemos una sección de PROBIDAD en la Corte Suprema de Justicia. No al menos dirigida por un hombre probo ni con las facultades que la Constitución de la República le otorgó luego de las reformas de los Acuerdos de Paz. Ya no tenemos quién nos defienda de los ladrones que se alagartan los puestos de función pública que les permita enriquecerse de manera obscena y vergonzante a costa de los dineros que pagamos los pocos que cumplimos con nuestro deber de pagar impuestos. El pecado del doctor Cáceres, fue el de haber intentado tocar el poder al requerir de los bancos información de ex funcionarios poderosos. No es que el señor Cáceres se haya extralimitado, no señor. El hizo su trabajo por más de diez años y nunca se le acusó de estar ejerciendo atribuciones que no le confería la Ley. El problema es que esta vez tocó al poder en donde más le duele. El poder que resulta del abuso del poder. El poder que resulta del enriquecimiento desmesurado como resultado del abuso del poder estar en puestos de poder político. Se ha tocado a las entrañas del monstruo que nos come como nación, como país, como sociedad, como estado. Ese monstruo que está devorando lo poquito que queda de un Estado de Derecho que ya es sólo un espantapájaros que molesta a las aves de rapiña que quieren comerse todo lo que puedan de esta empobrecida nación tercermundista. Lo más repugnante y peligroso para nuestro país es que ese debilitamiento del Estado de Derecho ha sido esta vez porvocado por la cúpula de la justicia, la mismísima Corte Suprema de Justicia, con la abstención de cuatro valientes Magistrados que se opusieron a ese adefesio de resolución salida de esa institución del estado que supuestamente está para hacer cumplir la Ley y esta vez ha actuado para destrozar la LEY.


Como ciudadanos no tenemos más recursos para protegernos. El doctor Fortín Magaña, hombre probo y de gran estatura jurídica y política, Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, ha querido salir en defensa del Estado de Derecho y ha sido ninguneado por las instituciones supuestamente al servicio de la Ley. De pasada se ha echado encima a un gran medio de comunicación. ¿Cuál ha sido su gran pecado? Su pecado ha sido pretender desarticular los estamentos corruptos que invaden las altas jerarquías de las principales instituciones del estado. Estamentos que han estado allí por años para defender a quienes ostentan el poder o a quienes se valen de su cercanía al poder para su provecho propio. Ya no se distingue al corrupto del gran señor de la alta sociedad, receptor de honores y medallas a méritos inmerecidos. Ahora se confunden, se entrelazan, se ayudan unos a otros, porque está en peligro el sistema.Pero no nos equivoquemos. No está en peligro el sistema democrático por culpa de amenazas terroristas, ni de comunistas (para algunos medios eso es lo mismo). Lo que está en peligro es el sistema de privilegios, prebendas, compadrazgos, contubernios, manoseos y suciedades que se dan alrededor de un seudo sistema democrático que no logra levantar cabeza a causa de las inercias de un pasado que nos coloca entre los países más cuestionados del mundo occidental.Quienes leen estas líneas saben que lo que digo es cierto, pero nadie se atreve a denunciarlo pues el sistema es tan sofocante, el poder es tan absolutamente envolvente, que la denuncia es considerada una traición. El que delata al corrupto es denigrado y considerado un soplón, un aguafiestas, un resentido, un inadaptado y a veces hasta se le puede acusar de indefinición sexual. En El Salvador, todo es posible y todo se vale. Por ello es de lamentar que algunos pobrecillos políticos representantes del pueblo se dediquen en la asamblea a esgrimir obscenidades en actos solemnes. Pero más lamentable es la alharaca levantada por algunos medios de comunicación y de gente defensora de las buenas costumbres por algo que a diario se comete en todas partes, en todos los estratos socialdes y por la casi totalidad de los habitantes. ¡Cuán trastrocado está nuestro sistema de valores, Dios mío!

Sin independencia en la Corte Suprema de Justicia, en la Fiscalía General, en la Corte de Cuentas, con un sistema político corrupto y obsoleto, ¿qué es lo que nos falta para convertirnos en una Venezuela o en una Bolivia? A ver qué nos dicen los analistas políticos de renombre, si es que tienen independencia para decir lo que la razón les dicta. Mientras tanto sólo nos queda preguntar ¿y ahora qué podemos hacer?

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