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Terrorismo de estado

Por Hermann W. Bruch

A diez años del peor atentado terrorista experimentado por la humanidad, según dicen algunos, muchas reflexiones vienen a mi mente. En primer lugar porque no creo que lo de las Torres Gemelas de Nueva York pueda considerarse el peor atentado terrorista de la historia, al menos que por historia se asuma que los EE.UU. son los dueños de la misma.

Si revisamos le historia mundial, podremos encontrar muchos casos mucho más espeluznantes que encajan perfectamente en la definición de terrorismo de la Real Academia – sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”, pero que por razones incomprensibles, son considerados como actos de otra índole. Tal es el caso de los exterminios realizados por los nazis en la Europa, de los años 30 y 40, por el régimen estalinista en la Rusia de esos mismos años, o por Mao Tse Tung y sus secuaces, en la China de los años 80, o por algunos gobiernos africanos en la pos guerra, en fin, actos atroces que han sido cometidos por mentes enfermas y que han aterrorizado a millones de personas alrededor del mundo. Y para no pecar de parcial, las mismas “cruzadas” consideradas “santas” por aquello de desviaciones intelectuales inexplicables e imperdonables que aún aquejan a una gran parte de la población mundial.

 

Así es que, sin restarle “despreciabilidad” a ese acto cobarde e inmisericorde ejecutado por mentes fanatizadas yenfermas, en contra de personas civiles inocentes, que se encontraban ejerciendo sus labores cotidianas, ajenas a ninguna acción de guerra reconocida, en la ciudad más cosmopolita del mundo, quiero desviar la discusión y compartir ideas que corresponden a nuestro entorno y a nuestra cotidianidad. Me refiero al terrorismo de Estado.

 

Cuando un Estado permite que sus instituciones sirvan para aterrorizar a las personas, haciendo uso y abuso de una autoridad mal entendida y mal aplicada, aprovechándose de la indefensión de las ciudadanos, precisamente porque las instituciones no responden ni se someten a la ley, eso es terrorismo de estado y es tan despreciable como cualquier otro tipo de terrorismo que se comete en otras latitudes.

 

Y lo más aterrador de todo esto es que la mayoría de nosotros nos damos cuenta de que, con nuestra pasividad y desinterés en fortalecer un verdadero imperio de la ley en nuestro país, somos cómplices de ese terrorismo que nos degrada como sociedad.

 

Varios casos podemos mencionar para ilustrar esta posición, que seguramente a muchos les parecerá una exageración, a otros una intromisión y a las mayorías ni les interesa. Sólo cuando nos afecta personalmente entonces reaccionamos y entendemos la gravedad del asunto. Voy a intentar hacer una pequeña, pero ilustrativa enumeración de casos, con el ánimo de aclarar de qué estoy hablando y al mismo tiempo, de poner mi grano de arena (aunque no de playa), para prestar ayuda a un amigo que está en estos momentos siendo víctima de este terrorismo de estado al que me estoy refiriendo.

 

Terrorismo de estado es el que se utilizó para meter a la cárcel a Roberto Mathies Hill y perseguir a su padre Roberto Regalado Mathies, con la única intención y propósito de favorecer a los bancos en contra de otras instituciones que les hacían la competencia. Desleal dirían en aquel momento algunos. Ilegal, argumentaban otros. Pero la realidad era una sola: rivalidad política y económica entre grupos influyentes. No hubo aplicación de ninguna ley, sólo abuso brutal de poder.

 

Terrorismo de estado es el que se utilizó en contra del joven Ramón García Prieto asesinado frente a su hijito y su esposa.

 

Terrorismo de estado estuvo presente durante las investigaciones y el juicio por la muerte del joven Adriano Vilanova por parte de cinco policías. Encubrimiento, investigación amañada y muchas otras patrañas más, se esgrimieron de parte del poder político para tratar de impedir justicia en ese deplorable caso.

 

Cuando las autoridades se comportan con negligencia como la hacen de manera sistemática en torno a la violencia, las extorsiones y el crimen organizado y el accionar de las pandillas, eso también es terrorismo de estado, en la forma de omisión en el cumplimiento del deber o mera pasividad de funcionarios ante la problemática.

 

Jueces corruptos y coludidos con bandas criminales, fiscales que intencionalmente manosean las evidencias o simplemente arrastran las investigaciones para incumplir con los tiempos a sabiendas que de esa forma quedarán impunes los delitos, es también una forma de terrorismo de estado, pues el resultado es una población aterrorizada por el creciente imperio de la delincuencia en nuestro país y la casi nula actividad judicial para combatirla.

 

Magistrados, fiscales, jueces y tribunales coludidos en contra de ciudadanos – caso de Orlando de Sola – en un evidente abuso de poder y accionar reñido con la legalidad, son evidencias de una corrupción sistemática y galopante forman parte de una estructura que también cae en la descripción de terrorismo de estado. Ninguna persona puede sentirse segura en un ambiente así, en donde se tuercen los hilos de la justicia a favor de unos y en contra de otros, sin ningún apego a la legalidad y a la ética.

 

En estos días estamos recordando los ataques a las torres gemelas de Nueva York y conmemorando a las víctimas del mismo. Dentro de poco estaremos cumpliendo 20 años de haber firmado el Acuerdo de Paz que puso fin a las acciones bélicas entre dos bandos de compatriotas, sin embargo la paz nunca ha reinado en nuestro territorio debido a la ausencia de justicia, al imperio de la impunidad y al sistemático abuso de poder de parte de todos los sectores que lo ostentan de una forma u otra.

 

Es realmente motivo para estar preocupados, mucho más que por los problemas económicos que, sin restarles importancia, pasan a un segundo plano ante los casos de terrorismo de estado como los descritos arriba. Como ciudadanos estamos obligados a mostrar nuestro descontento, nuestra desaprobación y nuestra exigencia de que quienes ostentan un mandato popular, sea directo o indirecto, comiencen a cumplir con su deber para evitar que la ciudadanía indignada comience a cobrarse la justicia por sus propias manos.

 

 

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