TENEMOS QUE AVANZAR

¿Qué quieren decir con pacto fiscal?

Por Hermann W. Bruch

Se habla mucho de un pacto fiscal y definitivamente que es necesario lograr un gran acuerdo, pero así como están dadas las cosas, hoy por hoy, no se ve ningún interés de ninguna de las partes por encontrar puntos de coincidencia para poder hacer un pacto. De hecho, se requiere no solo un pacto fiscal sino un gran pacto entre sectores, entre ciudadanos, un verdadero pacto social. Tal vez estamos hablando de la necesidad de una nueva Constitución.

Pero volviendo a lo del pacto fiscal, al escuchar los discursos tanto del gobierno como de los empresarios, lo que se percibe es un total enfrentamiento con posiciones férreas, inamovibles, obstinadas y cerradas. Analicemos quiénes son los actores. Comencemos con el lado empresarial.

La Cámara de Comercio que otrora habría logrado convertirse en un verdadero bastión de debate de temas relevantes, con un liderazgo serio, robusto y propositivo como el que le diera la señora Elena de Alfaro, ha ido perdiendo prestigio pues sus últimas gestiones y gestores se han ido alineando con el partido ARENA en lugar de mantener el foco en sus verdaderos objetivos empresariales. Lo mismo pasa en ANEP, gremial que con sus planteamientos y publicaciones, parece más un partido político que una gremial empresarial. No tenemos que ser expertos analistas para poder asegurar que no representan los intereses de los empresarios en general, sino los de algunos empresarios mercantilistas atrincherados en el partido ARENA.

FUSADES por su parte, que debiera tener mucha credibilidad y que tiene planteamientos, hoy por hoy, posiblemente los más serios, le está costando mucho recuperar credibilidad después de haber estado por mucho tiempo alineada con el partido ARENA. Se reafirma de nuevo que el problema de El Salvador es la asfixiante partidocracia y la resultante polarización, sintiéndose la ausencia de un verdadero interés por resolver los problemas del país.

Por el otro lado tenemos un gobierno que llegó al poder sin haber tenido un verdadero programa que pusiera sobre la mesa los principales problemas del país y sus posibles soluciones. Al contrario de eso, el gobierno se ha distanciado del partido que lo impulsó al poder y se ha creado una vacío de estrategias y de planes de acción consistentes dando la impresión de que nadie sabe qué hacer. El FMLN se pierde en confrontaciones estériles con el Presidente y pierde contacto con sus seguidores. Plantea medidas que van en contra de los intereses del pueblo al que dicen proteger en un afán de conquistar posiciones corporativas y de ganar contiendas internas.

Los medios de comunicación, en su mayoría, se alejan de su misión de informar y se convierten en deformadores de la realidad, con la intención de lograr ganancias electorales a favor de sus partidos favoritos, en lugar de cumplir con el objetivo y la ética periodística de contar la verdad y orientar al pueblo en la lucha de velar por el interés general.

Ante esta realidad es muy improbable que logremos conseguir que las partes se pongan de acuerdo en la búsqueda de consensos, pues nadie está interesado en ceder terreno. La premisa básica de que para lograr consenso debe partirse por buscar las coincidencias y partir de ahí hacia el debate de las diferencias, comenzando por las menos conflictivas, no se está cumpliendo. La ciudadanía está carente de líderes dispuestos a dar la cara y exigir un cambio de actitudde parte de los que se autodenominan líderes políticos.

La gravedad de los problemas parece haber intimidado a los más capacitados para proponer soluciones. Nadie se quiere comprometer. Nadie se quiere quemar. Las propuestas, cuando las hay, son dispersas, faltas de coherencia y sustento y, lo que es peor, faltas de objetivos claros. No hay coherencia porque no hay un proyecto coherente. Todo parece una verdadera piñata en la que se dan palos a ciegas, todo el mundo se lanza a la garduña a recoger cuanto dulce desperdigado aparece en su camino y el desorden se pone cada vez más precario.

Si de vez en cuando alguien se atreve a hacer alguna sugerencia o a plantear alguna solución no tardan en aparecer los detractores, con el único aparente propósito de confundir y desbaratar el planteamiento sin ofrecer nada a cambio. Todo un espectáculo propio de niños de kindergarten.

A los que nos atrevemos a plantear alguna denuncia o a hacer alguna crítica nos reclaman pruebas. Como si fuera tarea de nosotros los ciudadanos el andar recogiendo pruebas para llevar a los juzgados a los corruptos y corruptores, mientras las instituciones se distraen o abstraen de sus mandatos y se dedican a ser parte del desorden. Y la impunidad campea sin que se vislumbre un cambio de rumbo.

Si la mayoría de ciudadanos expresáramos nuestro desacuerdo, nuestro repudio, nuestra indignación, estoy seguro que habría una reacción de las instituciones y de algunos funcionarios, dando inicio a un proceso de mejora. Pero si nos quedamos exigiendo a los pocos que tenemos el valor de hablar de estas cosas que mostremos pruebas, lo que hacemos es hacerle el juego a los ladrones, corruptos y descarados que se lucran con el dolor del pueblo.

Si optamos por mantenernos en silencio y seguimos esperando que otros hagan la labor que nos corresponde a nosotros como ciudadanos – y esto es democracia, no solo ir a hacer la pantomima de votar – entonces sí podemos esperar cambios. Tal vez la Navidad y el espíritu del Dios hecho niño nos ayude a retomar el rumbo correcto.

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