Colón el torturador
Por Hermann W. Bruch

Nos hemos enterado por un editorial en un matutino, que el afamado y venerado descubridor del continente Americano, Cristóbal Colón, fue en vida un torturador de personas. El descubrimiento, gracias a las investigaciones científicas de una investigadora, Isabel Aguirre, quien se ha metido de lleno a archivos históricos conservados en un museo español, no debiera sorprendernos mucho a quienes venimos observando el comportamiento – o mejor dicho – el mal comportamiento humano, evidenciado en los anales de la historia.

Ese mal comportamiento del que no escapan la mayoría de líderes espirituales, muy notoriamente los papas de la Iglesia Católica, nos debiera mantener alertas a quienes nos vanagloriamos de pensar un poco. De tal suerte que, hoy en día podríamos, por simple extrapolación y deducción lógica, decir que muchos de esos personajes que reciben constantemente condecoraciones, medallas y títulos honoríficos, muy posiblemente están escondiendo esa podredumbre humana que los convierte en depredadores de su propia especie.

Para ejemplificar mis aseveraciones, voy a referirme a algunos casos de reciente acontecimiento. Allá por los años setenta, un brillante financiero norteamericano, experto en hacer dinero al margen de la ley, cometió una gran estafa en el país del norte lo que lo obligó a huir y convertirse en prófugo de la justicia. Se le asoció al tráfico de cocaína y al escándalo de Watergate. Su nombre Robert Vesco. Aquí nomás, en Costa Rica, don Pepe Figueres lo recibió con carpeta roja, le entregó las llaves del país, le sacó unos cuantos billetes para financiar su campaña. Vivió como un magnate, seguramente se sentó a la mesa de las más notables familias adineradas de Costa Rica. Mientras Figueres estuvo en el poder, gozó de toda suerte de privilegios y seguramente incrementó su fortuna valiéndose de su cercanía al poder (mercantilismo).

Al terminar la suerte de Figueres, termina la de Vesco quien tuvo que salir a buscar refugio, el que encontró por un tiempo en Nicaragua con los hermanos Ortega, quienes seguramente le cobraron bien por sus brillantes consejos financieros. Pero los hermanos Ortega no satisfacen al super ego de Vesco y el funesto personaje logra encontrar una mejor cobija – sorpréndase si quiere – bajo el auspicio de los hermanos Castro en la Cuba comunista.

Más recientemente, el caso de ENRON es notoriamente vinculado a la genialidad financiera de un par de voraces manipuladores de la ingenuidad de la gente. De acuerdo a un reportaje de la BBC, alguna vez ENRON fue descripta como un “culto evangélico” y su ex presidente Kenneth Lay, su mesías. Luego del descalabro, el ex Presidente de la compañía, Lay y su compinche, el creativo contador y financiero, Jeffrey Skillings, fueron acusados de manejo fraudulento de las finanzas de la empresa lo que causó pérdidas millonarias a mucha gente, especialmente los empleados que perdieron sus pensiones.

Ken Lay fue encontrado culpable y debía ir a la cárcel, pero la muerte lo salvó y su familia puede sentirse tranquila pues se quedarán con los millones defraudados. No me cabe la menor dudad de que pertenecen y seguirán perteneciendo, por varias generaciones, a los círculos sociales y financieros privilegiados, sentándose a la mesa con presidentes de bancos, grandes empresarios y ¿por qué no? en las cenas gala de la Casa Blanca.

El culto a la personalidad es un arraigado y bien cultivado ritual que mantiene estas estructuras del mal a flote. La condecoración de personas por el mero hecho de ser millonarios, sin molestarnos en averiguar si esa riqueza ha sido mal habida, es parte de este ritual. El dios dinero y el culto desmedido a la opulencia, sumado a la compulsiva tendencia de los medios de comunicación de venerar a estos personajes, hacen que las nuevas generaciones crezcan con valores distorsionados, o carentes de valores. Tener dinero basta y sobra para ser alabado, ensalzado y colocados en un pedestal ante los ojos de la sociedad.

Así como el caso de Colón, existen miles de ejemplos en todas partes. Personajes históricos que son venerados por las masas simplemente porque así lo indican los libros, los maestros, la tradición. Detrás de esos personajes se esconden, en la mayor parte de los casos (y por ellos las excepciones son tan honrosas) grandes malandrines, empedernidos pederastas, corruptos defraudadores del estado, estafadores sofisticados, traficantes de la muerte y toda suerte de sabandijas humanas que lograron amasar fortunas a costa del sufrimiento de las mayorías. Ni siquiera las jerarquías religiosas están exentas de ejemplos nefastos de agresión moral que han quedado impunes y que llenan las páginas de la historia de la humanidad, que más parecieran ser los anales de las inmundicias humanas.

Todo esto es posible, como dije antes, por la connivencia de medios publicitarios que caen presa de hábiles e inescrupulosos manejadores de imagen. Donald Trump vive al filo de la bancarrota, pero es un genio del manejo de las publicidad y de las relaciones públicas, lo que le permite vivir una vida de opulencia inigualable. Detrás de sus “geniales manejos financieros” se esconde una lista larga de falencias, cesaciones de pagos, quiebras fraudulentas que son convertidas en legales por las mismas instituciones financieras que temen perder mucho más si se meten a costosos litigios legales y el caballero de industria continúa cabalgando en montadura dorada, corcel blanco y aplaudido por todo el mundo.

El día que se caigan estos falsos dioses, ese día habrá esperanza de tener un mundo mejor. Pero no creo que sea algo que veremos en nuestras vidas, pues esto ha venido sucediendo desde que la historia se recoge en crónicas y anales que nos relatan casos similares. Seguirán habiendo grandes y famosos ladrones que seguirán gozando de la aprobación pública y del oprobioso gesto de reverencia que ejercen quienes tienen el control de la difusión masiva de la imagen y el relato.

Cristóbal Colón es pues, sólo un símbolo. Seguramente Bin Laden lo será en su momento, cuando su imagen sea levantada en monumentos diseminados por la mitad del mundo que lo considera ya un héroe. Y El Salvador posiblemente le ponga el nombre de Perla a alguna plaza pública o redondel capitalino.

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