El fracaso de la civilidad

Por Hermann W. Bruch

Esto no es un intento de hacer un documento de alto nivel académico ni de ninguna otra cosa. Es más bien una reflexión de cómo, los académicos, los científicos, los expertos, los líderes religiosos, los sabelotodo de todo el mundo fracasaron en el intento de contener los impulsos malévolos inherentes al hombre. No es un intento de defender lo indefendible ni de criticar lo no criticable. Aquí falló el hombre porque el hombre en su arrogancia quiso ser más inteligente que la naturaleza y la naturaleza lo terminó derrotando.

En el orden establecido había un intento de poner reglas que pudieran hacer que los hombres animales se portaran como hombres civilizados. El problema de todo esto es que los más vivos creyeron ser sempiternamente más vivos que los menos vivos y de repente los menos vivos comenzaron a ser más vivos que los más vivos.

Ahora vemos cómo los vivos, los supuestamente civilizados, crearon, sin darse cuenta, condiciones para que los incivilizados, supuestamente menos vivos, pudieran aprovecharse de las debilidades de los más vivos y como resultado les han aguado la fiesta. De tal suerte que traficantes de drogas, delincuentes organizados, las maras, los corruptos, en fin, la lacra humana, ha logrado tomar la delantera y ha puesto en jaque al “sistema”.

Nunca hubo tiempo – y parece que tampoco hubo inteligencia – para que los civilizados se preocuparan de estas cosas. Estaban muy ocupados haciendo negocios y dinero los unos, haciendo academia los otros y los autoproclamados pastores, predicando sandeces como las de recetar el infierno a los pecadores, ignorando el hecho de que pecado no es necesariamente no ir a misa sino, por el contrario, ir a misa para aparentar un disfraz de bondad y de esa forma ocultar la podredumbre que se lleva por dentro.

Es así como, en aras de mantener el orden establecido – el sistema – un orden que solo favorece a unos pocos quienes tienen como único fin la acumulación de riqueza a costa de la acumulación de pobreza de las mayorías, los defensores de ese “sistema” se descuidaron y en sus narices, a hurtadillas y quizá con su propia complicidad, creció y se desarrolló un sub mundo paralelo, el ilegal, el que opera con la otra contabilidad, el que se nutre a la sombra de las instituciones cada vez más debilitadas y corruptas, el que al final logró acelerar la acumulación de riqueza y de opulencia. Ese sub mundo que ahora se confunde con el otro mundo, el que languidece y muere lentamente agobiado por la ausencia de valores y de oportunidades.

El dios del dinero le ganó la batalla a ese otro dios mal dibujado, dedicado a castigar y preparar hogueras para quemar a los infieles, ese dios al que se le erigieron monumentos y catedrales para perpetrar el despojo de las mayorías en beneficio de los privilegiados. La distorsión del concepto de virtud y de verdad al final fue tan grande, que se terminó confundiendo el bien con el mal. La rebelión de Luzbel terminó triunfando. Ahora Lucifer brilla como señor del universo, a pesar de que millares de falsos profetas y predicadores sigan diciendo lo contrario y prometiendo paraísos falsos compitiendo con los señores del dinero en la carrera por acumular más y más bienes materiales.

En medio de esta confusión, el expoliador es condecorado como exitoso y es alabado como un ejemplo digno de ser imitado. El hombre trabajador que no delinque, que solamente cumple con su rol de proveedor de “mano de obra” o simplemente de empleado, es un fracasado, un “looser” según la jerga de las ridículas y baratas telenovelas.

El sistema ya no funciona. Fracasó. El antisistema está ahora tomando el control de las cosas. No es problema de El Salvador, no señor. Es un problema mundial. Los viejos paradigmas ya no funcionan y por eso es que estamos corriendo vertiginosamente hacia la destrucción. ¿Qué vendrá después? Nadie lo sabe, pero no será la primera vez que el hombre encuentra su Némesis y seguramente no será la última tampoco.

Mientras tanto, si queremos salir menos dañados de este cataclismo, tal vez debiéramos comenzar por ambicionar un poco menos y entregar un poco más de ese poco de bien que llevamos dentro de nosotros. Tal vez debiéramos intentar ser menos “civilizados” y comportarnos más en sintonía con la naturaleza propia del ser “animal” que somos intrínsecamente, mientras los “civilizados” se devoran unos a otros siguiendo sus civilizados y voraces instintos, rompiendo las leyes naturales buscando el embrutecimiento con el uso de las drogas y promoviendo las uniones “gay”, corrompiendo las instituciones del Estado en aras de maximizar las ganancias de sus negocios y adorando al dios dinero y no al Dios verdadero.

Cuando los “civilizados” logren su autodestrucción tendremos otra vez un mundo mejor en el cual convivir sanamente, con naturalidad y de la mano con la naturaleza.

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