Pagando las consecuencias

Bueno Manuel, pero ¿por qué hasta ahora?

Por Hermann W. Bruch

El análisis que nos presenta este día (26 de diciembre, 2011) Manuel Enrique Hinds en su columna de El Observador expone con toda claridad y realismo cómo es que se produce el abuso de las mayorías y que este puede ser perpetrado por la misma persona que en otras circunstancias actuaría de manera diferente respetando el bienestar de las mayorías.

Lo que nos queda bastante claro en su exposición, aunque no es necesariamente el propósito de su análisis, es que quizá no es el que ostenta el poder el culpable del abuso sino la gente que se somete a dicho poder – o más bien que no se somete – sea cual fuera el caso. Y esto del sometimiento es lo que quisiera analizar en mi artículo de este día.

He venido sosteniendo desde hace mucho tiempo, en mis columnas de opinión, que lo que hace falta es construir ciudadanía. El ciudadano no es una simple miembro de un conglomerado social. El ciudadano es una persona que se aprecia a sí mismo, que se ha cultivado con educación básica, no necesariamente académica, pero sí en valores y en principios. El ciudadano conoce muy bien cuáles son sus derechos, pero también cuáles son sus obligaciones.

El ciudadano no se deja manipular por los charlatanes, del bando que sean. Tampoco cae presa de predicadores sin escrúpulos que le tratan de deformar su mente con falsos conceptos religiosos para luego poder manipular su comportamiento en la dirección que le conviene al predicador. El ciudadano es una persona alerta, que piensa, que analiza, que respeta y se da a respetar. El ciudadano no vende su voto por camisetas o por gorritas, ni por tamales ni por frijoles, aunque tenga hambre, pues sabe que la solución de su problema no viene de los políticos sino de políticas de estado saludables y razonables.

Las buenas políticas de estado por lo general son las que se formular de común acuerdo con los ciudadanos que gustan del orden, de reglas claras y son propensos a someterse al imperio de la ley. Pero si el ciudadano consciente no existe, si lo que tenemos es gente que busca prebendas, que anda tras la cachería esquivando la ley y olvidando sus obligaciones, es caldo fácil de cultivo para los que les ofrecen paraísos mágicos.

El ejemplo de Manuel Enrique Hinds en el que hace mención a los ciudadanos de Bélgica y a los habitantes del Congo Belga y de Leopoldo II que gobernó a unos y explotó abusivamente a los otros, es elocuente y la Historia está plagada de ejemplos que ratifican este postulado. No son necesariamente los gobernantes los que propician el abuso, sino los gobernados que, por las razones que fueran, ejercen o dejan de ejercer su derecho como ciudadanos, propiciando unos, un estado de orden, de derecho y de progreso y un estado caótico y de abusos y despotismos los otros. La diferencia no era el gobernante (Leopoldo II en el caso Belga), sino los gobernados. Su nivel de civilidad o de ignorancia. Su compromiso con los deberes y los principios o su propensión a la “cachada” y a la indisciplina. Su capacidad o incapacidad de darse a respetar y de no dejarse manipular por malos gobernantes.

Yo no puedo estar en desacuerdo con Manuel, pero sí le hago la pregunta de por qué hasta ahora nos deleita con sus bien planteados análisis y no lo hizo cuando el partido ARENA estaba en el poder y tenían el poder de hacer lo correcto. Yo recuerdo los tiempos en que se habló de modernización del estado y se perfilaron políticas que de haberse implementado correctamente nos habrían hecho transitar hacia un nivel muy superior y seguramente nuestra situación no sería tan caótica como la que enfrentamos ahora.

Pero en esos momentos no fuimos capaces de denunciar con suficiente fuerza y pesos específico los intentos de “robarnos” la transición. Nuevamente la “partidocracia” se apoderó del proceso y lo desfiguraron totalmente. Los pocos que tuvimos el atrevimiento de criticar y oponernos a estas perversas manipulaciones fuimos castigados con el ostracismo social por aquellos que creyeron que su componenda sería eterna. ¡Qué equivocados estaban!

Ahora estamos todos sufriendo las consecuencias de ese malvado contubernio. En el camino se perdió la credibilidad de las instituciones incluyendo la “sagrada” institución de la empresa privada. En este proceso de deterioro y corrupción participaron como comparsas y veletas la gran mayoría de los medios de comunicación, muchos de los cuales hoy se rasgan las vestiduras con quejidos de viejas plañideras.

La fiesta se terminó y hay que poner la casa en orden, tarea que le estamos entregando de nuevo a una institución que bien haría en no caer en la trampa. Me refiero a la Fuerza Armada, que por años demostró haber cumplido con su compromiso después de los Acuerdos de Paz. Esperemos que mantengan su postura institucional y disciplinada y dejen que los que causaron el desorden se encarguen de poner las cosas en su lugar. Pero esta vez, los ciudadanos debemos mantener una estrecha vigilancia para que los políticos no pierdan el rumbo. Y si no, que nos coma el tigre.

Feliz Año a todos.

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