A los veinte años

Saquemos pecho y veremos cambios

Por Hermann W. Bruch

El tema de ciudadanía y de ciudadanos proactivos y conscientes es un tema que va ligado a la democracia, a la paz y al desarrollo. Todo lo demás es palabrería y politiquería.

Estamos celebrando el vigésimo aniversario de la firma del Acuerdo de Paz y, como es de esperar, estará lleno de actividades que cada quién va a aprovechar para llevar agua a su molino. Lástima que estas celebraciones han tenido que coincidir con el zénit de las campañas electorales, porque el valor educativo y de formación democrática de dicho Acuerdo se verá totalmente empañado.

El día jueves pasado escuchaba en un programa de entrevista televisivo propuestas muy sensatas en torno al tema del Acuerdo de Paz, entre otras, el de que se distribuya un ejemplar a cada estudiante de colegios y universidades de nuestro país. Además, alguien propuso que no solo sea tema de discusión para estos días sino que se siga tratando durante todo el año. Después de todo, decían, el Acuerdo de Paz firmado hace veinte años, es quizá el hito histórico más importante de toda la historia de El Salvador, idea que comparto.

Es necesario que los jóvenes conozcan los hechos de la manera más apegada a la verdad posible. Muchos ni siquiera habían nacido cuando se terminó la guerra, por lo tanto, es imprescindible explicarles que hubo un conflicto armado, las razones que llevaron al país a entrar en guerra, las atrocidades cometidas por ambos bandos y cómo todo esto llegó a su fin. Sin este conocimiento, el Acuerdo de Paz tiene poco significado para ellos. Y esto es válido también para personas más adultas con mala memoria.

Es necesario enfatizar la importancia del Acuerdo y de construir democracia a partir del mismo, es algo que debemos de analizar concienzudamente y, de ser posible, desapasionadamente, sin fiebre en la cabeza y sin bilis en el hígado. Y construir democracia es algo que debe comenzar por construir ciudadanía, propugnando por romper las cadenas de la partidocracia para poder desembocar en una reforma política capaz de entregarnos partidos políticos fuertes, representativos, independientes de los poderes económicos y de ideologías y creencias religiosas que terminan pervirtiendo todo proceso democrático.

No tengo nada en contra de las ideologías ni tampoco de las religiones pues ese debiera ser privativo de la libertad de cada individuo. A lo que pongo objeción es a la intención de controlar el quehacer ciudadano a través de estructuras maquiavélicamente entrelazadas con el poder político con el propósito de entorpecer e incluso eliminar las libertades individuales.

Los partidos políticos tienen como finalidad la de intermediar entre el Estado y la sociedad obviamente para obtener una situación estable y equilibrada que propicie el buen desempeño – en libertad – de las actividades de los ciudadanos en provecho de las mayorías. Por ello su carácter de representativos es (o debiera ser) algo que vale la pena cuidar y cultivar con mucho celo y con mucha voluntad colectiva. Las desviaciones que se dan a esta finalidad son a la larga lo que propicia que los pueblos desemboquen en guerras civiles y fratricidas o, en polarizaciones desestabilizadoras que terminan por destrozar el andamiaje democrático para dar paso a un andamiaje totalitario.

Las celebraciones en torno a los veinte años de haber logrado un Acuerdo de Paz, debieran involucrar más a los ciudadanos y menos a los políticos, reconociendo la validez de la presencia de éstos, pero rechazando la ausencia de los primeros. Parafraseando a Thomas Jefferson cuando se refería a los gobiernos y a la prensa, quisiera proponer que es preferible una ciudadanía activa sin partidos políticos, que partidos políticos sin ciudadanía activa.

Sin embargo, es necesario dejar en claro que la actividad ciudadana no se da por arte de magia o por decreto gubernamental. Las personas deben comenzar por tomar conciencia de la necesidad de una mayor participación en la cosa pública para no dejar todo en manos de los políticos quienes por naturaleza se inclinan de desconocer el mandato de quienes emitimos el voto y se convierten en pequeños reyezuelos o emperadores con licencia para hacer lo que les viene engana. Los ciudadanos podemos hacerle la vida imposible a estos rapaces. De nosotros depende.

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