Malabarismos políticos

El humo, la magia y la política

Por Hermann W. Bruch

Ahora que ya se ha dicho todo lo que habría que decir y hasta lo que no tendría que haberse dicho, ahora que las aguas parecen volver a la normalidad, me he tomado la libertad de expresar mi propia opinión con respecto del 20 aniversario de haberse firmado los Acuerdos de Chapultepec, que en su momento recibieron el nombre de Acuerdo de Paz.

En primer lugar es necesario dejar en claro que no hay nada más alejado de la verdad que esto de la trillada paz. Un acuerdo político para terminar con una guerra en ningún momento fue diseñado para lograr llevar la paz a una sociedad incapaz de resolver sus problemas por la vía del debate, la discusión respetuosa o por medio de una participación en el quehacer comunitario. Nuestros conflictos nunca desaparecieron ni siquiera fueron tocados o interpretados en los acuerdos de marras.

Terminó el conflicto armado, pero ni siquiera se discutió el conflicto social. De tal forma que ahora, veinte años después, no podemos venir a demandar algo que en ningún momento fue considerado por ninguno de los bandos beligerantes. La guerra, para decirlo de una manera simple, no fue más que una catarsis, necesaria, de un sector de nuestra sociedad que demandaba espacios para la expresión y deliberación de los problemas del país, en vista de una actitud cerrada y prepotente de quienes tenían el control del Estado salvadoreño: el capital agrario, sus gendarmes, los militares y la iglesia que jugaba un papel de cómplice, a veces conciliador y en su momento, contrito.

Para la mayoría de la población, las acciones armadas y a veces terroristas, de los bandos en guerra eran causa de angustia, inseguridad y psicosis. La gente pedía fin a estas actividades que le dañaban directa e indirectamente. La gente no aplaudía ni a unos ni a otros. Tenía temor, zozobra, molestias enormes en su diario actuar y en su mayoría no entendía de qué se trataba todo esto. Por supuesto que desde los púlpitos – seglares y clericales por igual – se ofrecían explicaciones parcializadas y muchas veces desinformadas y deformantes acerca del por qué el país estaba desangrándose de esa forma.

Al final, las partes beligerantes, llevados de la mano por nuestros “amigos” internacionales parapetados en organismos y burocracias oficiales, no tuvieron más remedio que poner fin a las acciones armadas, firmando sendos documentos de compromiso, siendo el principal – y real – objetivo el de continuar le guerra en el ámbito parlamentario. De ahí que los militares tuvieron que replegarse en sus cuarteles, no sin antes obtener jugosos premios y prebendas (me refiero a los mandos, no así a las tropas) pues en la Asamblea no tenían cabida.

Se había acordado llevar el conflicto a otro escenario, como lo demandan los principios democráticos, pero no se había hecho ni siquiera el intento de iniciar el proceso de pos guerra, el cual requería que el debate acogiera los principales temas que dividían a nuestra sociedad: el tema económico, el tema de la justicia (o mejor dicho la falta de justicia) y el tema de la educación. La sana intención de iniciar este proceso, contenida en un mal diseñado Foro de Concertación Económico y Social, fue intencionalmente boicoteado y rápidamente quedó en el olvido.

La naciente partidocracia se habría encargado de sentar las bases para otro tipo de “negociaciones” y rápidamente los partidos políticos se dieron a la tarea de desmontar cualquier indicio de participación ciudadana en el proceso de fortalecimiento de la democracia en nuestro país.

Y ahora, veinte años después estamos presenciando la mayor crisis política desde e fin de la guerra: el resurgimiento de las pasiones que en su momento soterraron los acuerdos y mantuvieron acalladas las componendas de la clase política espuria, desatando una polémica entre sordos, mientras el pueblo y la gente de bien de nuestro país, se devana tratando de sobrevivir el día a día. Pero algo es diferente, ahora tenemos una irrestricta libertad de expresión. Debemos aprender a usarla para construir y no para caer en la trampa de espectáculos circenses.

Pero como lo demuestra la historia, todo espectáculo tiene un propósito específico y, en nuestro caso me atrevo a decir que este propósito es el tirar las consabidas cortinas de humo para distraer a la opinión pública y alejarla del verdadero problema que nos aqueja: el crimen organizado originado en el negocio de las drogas (negocio entre productores, manejadores y consumidores, todos ellos foráneos) y la violencia que lo acompaña. Y esta violencia no es más que una nueva versión de una antigua forma de dirimir diferencias y resolver conflictos entre miembros de una sociedad que olvidó emprender su principal tarea, la de construir un modelo de convivencia equitativo propiciando las oportunidades, fortalecido en valores y altamente competitivo en el ámbito de la globalización.

Aunque parezca tarde, aún estamos a tiempo para iniciar este proceso. Es el momento de abandonar los dogmatismos y de dar paso al intelecto para que no nos perdamos en los verdaderos derroteros que nos depara el futuro incierto del planeta, amenazado con verdaderas catástrofes financieras, climáticas y bélicas. Nuestro compromiso debe ser con nuestro país y debemos dejar de lado los problemas de otras sociedades. Ellos están obligados a resolver lo suyo mientras nosotros construimos las bases de nuestra naciente nación.

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