¿De qué sirve cumplir con la Ley?

Por Hermann W. Bruch

Hace algunos días escribí una reflexión acerca del fracaso de la civilidad en el cual exponía cómo el sistema regulado, legal, ordenado había llegad a un punto de colapso a causa de que la ilegalidad ha tomado la delantera y la economía mundial está a punto de ser rebasada por una economía subterránea, ilegal, corrupta, criminal. Ahora quiero continuar la reflexión, pero esta vez enmarcado en la realidad salvadoreña, ya que, al menos en algunos países del mundo, todavía existe cierto respeto por la legalidad y la ley impera para la gran mayoría de ciudadanos.

Cuando nos enfocamos en nuestra realidad, no podemos menos que hacernos preguntas como la del titular. Y no es que esté tratando de subvertir el orden, pues esto es imposible en El Salvador, ya que no existe ningún vestigio de orden ni de apego a la legalidad, ni arriba ni en medio ni abajo. Basta con unos cuantos ejemplos para sustentar esta afirmación.

Ejemplo número uno. Si soy un ciudadano que quiero cumplir con las leyes de tránsito corro peligro de ser maltratado, atropellado amenazado por maleantes al volante de buses, microbuses, taxis, motos, carros 4×4 polarizados. Lo más seguro es que me insulten y me saquen a relucir a mi madre ya fallecida. Si quisiera respetar el reglamento de tránsito y no cruzar sobre rayas amarillas, tendría que hacer recorridos exageradamente largos para llegar a ciertos lugares de la capital. Todo por la incapacidad de los “ingenieros” diseñadores del tráfico que tal parece que trabajan con intención de jorobar al automovilista. Y así, decenas de ejemplos.

Otro ejemplo. Como ciudadano respetuoso de la ley quiero iniciar una construcción o una simple remodelación de mi casa o edificio, para lo cual me dirijo a la Alcaldía, a la OPAMSS y a veces incluso a CONCULTURA si la propiedad está ubicada en el centro histórico o es considerada patrimonio cultural, para solicitar los permisos correspondientes. ¿Qué es lo más probable que me va a suceder? Caer en manos de burócratas que no están para servirme sino más bien para hacerme las cosas difíciles, ya sea porque quieren demostrar su importancia o, peor aún porque buscan la consabida “aceitadita” para que el sistema fluya. Si no caigo en la tentación de querer “agilizar” el trámite, lo más probable es que me darán largas lo cual me causará un daño económico. Mientras tanto, el prepotente, el “cuelludo”, el “vivo”, el corrupto y corruptor, conseguirá sus permisos si es que tiene a bien seguir el trámite pues lo más seguro es que se saltará todas las reglas y dará comienzo a su construcción a sabiendas que luego será cosa de “conectes” y mordidas para resolver. Aquí seguramente aplica aquello de que “más vale pedir perdón que pedir permiso”. Solo demos una mirada a lo que ha sucedido en El Espino en estos días

Ejemplo número tres. Soy un empleado, gano un sueldo mensual y la empresa está obligada a descontarme de mi sueldo para obligarme a “ahorrar” en el sistema de pensiones, privado o del Estado, para mi “seguridad social”, salud, hospitalización, impuestos, etc. ¿Qué recibo a cambio? Muy poco y muy malo. Funcionarios ladrones se roban mi dinero. El ISSS está controlado por sindicatos y administradores corruptos. Nunca hay suficiente medicina y la poca que hay, es de mala calidad. Muchas de ellas están vencidas como recientemente hemos podido darnos cuenta, cuando más de nueve millones de dólares en medicinas han caducado su vida útil y tendrán que ser destruidas. La atención que recibo, más allá de la omnipresente publicidad que me dice lo maravilloso que está todo en el Seguro Social, es realmente deficiente. Tengo que hacer largas colas para luego decirme que el doctor no va a venir este día. Y pregunte usted a alguien que viene desde el interior del país para hacerse alguno de esos sofisticados exámenes, qué siente cuando después de una interminable espera, se da cuenta de que llega un “recomendado” y pasa directamente sin siquiera haberse sentado un rato. ¿Deberá extrañarnos entonces que haya evasión en el pago de los impuestos?

Ejemplo número cuatro. Cuando tuvimos que sacar el DUI, tuvimos que hacer largas y tediosas “colas” sólo para darnos cuenta luego, que existe un lugar VIP (para personas importantes). Seguramente que muchos de los que están leyendo este artículo habrán tenido el privilegio de pasar por esa habitación con aire acondicionado. A mi me la mostraron y me llamaron la atención por no haberla solicitado a tiempo pues yo calificaba como persona VIP (?).

Ejemplo número cinco. Los salvadoreños somos adictos a las armas. Y hay una ley que obliga a registrarla y a tener licencia. Si quiere cumplir con la ley de manera respetuosa, el calvario es indescriptible. Tiene que disponer de al menos cinco días para poder llevar a cabo estos trámites. Por supuesto que los malandrines, los delincuentes, las “VIP”, no hacen el trámite. No son tontos. Si están al margen de la ley y sus armas no están registradas, pueden cometer delito impunemente. ¿Quién gana con todo esto? Definitivamente no el ciudadano honrado y respetuoso de la ley.

Yo invito al paciente lector que aún está leyendo este artículo a que complete la lista, que seguramente será larga. Someternos al imperio de la ley sólo nos implica someternos a maltrato, a gastos onerosos y a ser catalogados como tontos. Entonces, la tentación es muy grande para quedarnos al margen de la ley y de esa manera pertenecer al “club” de los vivos, de los astutos, de esa gran masa de salvadoreños que desde pequeños aprendemos a navegar en la ilegalidad y de paso hacer buenos negocios. Cumplir con la ley no es bien visto en El Salvador.

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