Ni Estado ni Mercado manoseados

¿Y para qué sirve el Estado?

Por Hermann W. Bruch

La bonita y bien intencionada campaña del Grupo SAMIX nos pide que hablemos bien de El Salvador. Suena bien y así debe ser. Hablemos bien de lo que está bien, pero eso no debiera ser una cortina que esconda TODO LO QUE ESTÁ MAL.

Nuestro deber de ciudadanos es el de señalar aquello que no está bien, las cosas que nos hacen daño, las cosas que van en contra del buen funcionamiento del sistema, las cosas que contradicen las buenas costumbres, la moral, la ética, en fin todo aquello que contravienen el bienestar común.

Nos hemos alejado por muchos años y de manera muy peligrosa, de hacer causa común con los valores que otrora nos inculcaron nuestros padres y nuestros maestros. El consumismo, el exceso de insumos mediáticos ajenos a nuestras costumbres y a nuestros valores culturales y esa constante cobertura amarillista de nuestra triste realidad que nos ofrecen medios nos han ido endureciendo la mente y el corazón y hemos llegado a un nivel tan bajo que nos cuesta entender por qué es que andamos tan mal.

Echamos la culpa del problema de seguridad a los gobiernos de turno sin darnos cuenta que el problema lo engendramos nosotros y lo llevamos dentro como un virus del cual aún no sabemos mucho y para el cual aún no hay cura aparente. Sin embargo, si realmente quisiéramos, el cambio, el verdadero cambio lo podríamos estar gestando día a día con nuestras acciones, con nuestras actitudes, con nuestras ejemplo.

Esa es la parte positiva de la campaña radia del Grupo SAMIX, pues despierta en nosotros un estado de ánimo alejado de los sentimientos negativos. Pero acompañado a esto debemos concertar un accionar colectivo de denuncia de todas las cosas que apestan y nos convierten en una sociedad enferma y caótica.

Es por ello que es importante convertirnos en despiadados denunciantes de la corrupción que nos aqueja, pues por ahí comienzan todos nuestros males y, para entender esto debemos entender que la corrupción también es un engendro nuestro y la llevamos a flor de piel. Lo hacemos casi inconscientemente, pero ahí tenemos el virus bien arraigado.

Estamos en medio de una campaña electoral supuestamente para elegir nuestros representantes en el órgano legislativo y alcaldes, funcionarios que, de acuerdo a la definición, están para velar por los intereses del pueblo. Sin embargo, una vez llegan a sus puestos, se olvidan de sus promesas y se dedican a servirse con la cuchara grande y a cuidar los intereses de sus “jefes”, las cúpulas de los partidos políticos que a su vez obedecen al mandato de los “dueños” de dichos partidos. Todo un montaje que de manera pomposa se define como democracia, pero que no deja de ser un simple aparato de corrupción, componendas, mafiosidades que en nada responden a las necesidades de los pueblos.

Y muchos de nosotros andamos constantemente hablando del Estado y pontificamos acerca de sus bondades sin darnos cuenta de que ese “estado” es solo un aparato que sirve a intereses totalmente ajenos a los de la población, intereses que por el contrario, pareciera que están confabulados para atentar contra el bienestar y la seguridad de la gente. Tremenda farsa la que nos deparan esos que dicen creer en la democracia y en los partidos políticos como si fuera un sacrosanto sistema.

Abramos los ojos y entendamos que esto que llamamos “estado” no es más que un estanque en el cual se crían alimañas malsanas que se nutren entre si ajenas a la sociedad que les ha dado sustento. Miremos alrededor y reconozcamos a esas alimañas atrincheradas en sus fortalezas de impunidad, mientras la gente, la que trabaja día a día, la que paga impuestos directa e indirectamente, nos desangramos viendo cómo todo se desmorona y se convierte en un caos de tal magnitud que ya nadie se atreve a diagnosticar ni mucho menos a recetar cura alguna.

En esas instituciones del “Estado” que no son más que antros en donde se parapetan verdaderos delincuentes que se entretienen en sus festines y orgías de forma descarada, se define el drama humano más tremendo que jamás pudimos haber imaginado. Hospitales de muerte en donde no hay medicamentos ni los implementos necesarios para poder brindar atención a los pacientes, en donde se atrincheran supuestos profesionales de la salud que constantemente se van al paro, pidiendo para ellos lo que no son capaces de dar a sus pacientes.

Oficinas públicas que se dedican al despilfarro en lugar de atender las necesidades los ciudadanos que buscan sus servicios. Instituciones que no entregan lo que su carta constitutiva les estipula y ordena. No es necesario describir aquí todos los ejemplos que todos conocemos. Día a día sufrimos las consecuencias, pero seguimos aguantando con un estoicismo que no puede más que describirse como majadería. Un pueblo que no se respeta a sí mismo no tiene derecho a exigir respeto de sus gobernantes.

Ahora estamos por ejercer nuestro derecho al sufragio aunque nos han coartado la verdadera función de ELEGIR. Sin embargo, algo podemos hacer cuando estemos frente a las papeletas de votación. Marquemos las caras de aquellas personas que pensemos que están mejor preparadas para representarnos. NO MARQUEMOS BANDERAS. No le demos el gusto a las cúpulas a que ellos decidan quién va en los primeros lugares cuando ponemos la cruz sobre la bandera de un partido. Marquemos caras y, como señal de rebeldía, marquemos las caras al final de la lista y no las de los primeros lugares, ya que estos lugares han sido designados por los “capos” de los partidos. Y mucho cuidado, no marquemos caras de diferentes partidos pues esto anula el voto.

Y para finalizar, un mensaje para aquellos que pregonan las bondades del “Estado” o los que defienden las bondades del mercado. Tengamos claro que ni uno ni otro van a funcionar bien mientras estén siendo manipulados de manera perversa y mientras nosotros no estemos dispuestos a actuar y defender nuestros intereses. Debemos ejercer vigilancia en el funcionamiento de ambos ya que ambos están siendo manoseados por quienes dicen entender de estas cosas y nos embaucan con sus fórmulas mágicas einfalibles.

Ni el estado en manos de corruptos ni el mercado en manos de las mafias son las respuesta. Ciudadanos conscientes, educados y honestos, eso es lo que se requiere para que la sociedad funcione y esto demanda trabajo comunitario, trabajo de vigilancia y denuncia y si es necesario, presión por la vía de la protesta ciudadana.

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