CELEBRANDO LAS FIESTAS PATRIAS
Las odiosas e inconstitucionales cadenas de Radio y Televisión
Por Hermann W. Bruch

En estos días de fervor (¿?) patrio nuevamente hemos sido atropellados por nuestro propio gobierno. Nos han impuesto dos cadenas de radio y televisión, por si una no bastara. No es la primera vez que escribo al respecto ni será la última, no al menos hasta que esta repugnante costumbre deje de ejercerse en El Salvador. Tampoco soy la única persona que está en contra de esta enfermiza demostración de prepotencia de parte de gobernantes a quienes se les olvida que el día 15 de septiembre de 1821, El Salvador abolió todo vestigio de monarquía al haber declarado su independencia del reino de España.

Las pretensiones imperiales de las que padecen nuestros gobernantes, resabio de una época de gobiernos autoritarios y dictaduras militares, son tan oprobiosas como antipáticas. Ningún buen salvadoreño se sentirá henchido de patriotismo cuando le “zampan” a la fuerza la figura ya redundante y atosigadora de un presidente que se ha creído el cuento de que mientras más sale en la tele más popular es. A lo mejor es cierto. También los sicópatas se hacen populares cuando los medios de comunicación exacerban su enfermiza maldad.

Un comunicador como él debe saber que lo que le dicen las encuestas de sus serviles y lambiscones manejadores de imagen, no se parece en nada a la realidad nacional. Por supuesto que él sabe muy bien que con esos jugosos presupuestos logra comprar voluntades a diestra y siniestra, especialmente de los dueños de los principales medios que a su vez son sus dueños. Es un círculo vicioso, sucio e incestuoso en el que se malogran cuantiosas cantidades de dinero, dinero que debiera ser utilizado en bien de las grandes mayorías.

Los grandes, medianos y pequeños empresarios de Radio y Televisión se someten “voluntariamente” a estas cadenas a sabiendas de que están perdiendo el honor, el profesionalismo, la independencia. Se someten por temor a perder esos jugosos presupuestos que el gobierno les asigna para comprar su lealtad. Se comportan como vasallos, como lacayos, como serviles cortesanos siempre prestos a rendir pleitesía a su reyezuelo, el señor presidente de la república de la muerte. ¡Qué asco, qué vergüenza, qué lástima!

Mi patriotismo no se enaltece con estas demostraciones de sinvergüenzura.
Más bien me dan rabia, me fomentan las ganas de salir corriendo de un país que no logra soltar sus cadenas de servilismo y estupidez. Miles de compatriotas deciden irse, en parte porque ya no toleran tanta demostración de incapacidad, corrupción, abuso de poder, tercermundismo potenciado.

Quiero preguntarme y preguntar a las personas que aún conservan un poco de dignidad, hasta cuándo seguiremos tolerando estos abusos, estos atropellos, estas bravuconadas de reyezuelos de opereta. Al menos respondan en privado con la debida honestidad ya que no espero que haya tanta libertad ni tanta independencia como para pretender que me responderán públicamente dando la cara como hombres y mujeres de valor y de incuestionable estatura moral. Sería pedir peras al olmo, pero qué más da. ¡Se vale soñar!

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