Azúcar amarga

Hace 15 años escribí este artículo, que fué mi último artículo publicado por El Diario de Hoy antes de perder mi columna en ese diario.
Considero de interés publicarlo ahora pues hay cosas que siguen sucediendo de igual forma, a pasar del cambio de gobierno.

Azúcar amarga

Por Hermann W. Bruch

Publicado en EDH, 15 de febrero, 2000

 

Los salvadoreños que leemos los diarios (somos muy pocos hoy en día porque a la gran mayoría no les alcanza ni para comprar el diario), nos hemos tenido que atosigar las noticias relacionadas con el pleito que se tienen los cañeros y los ingenios grandes con un ingenio chiquito que les salió respondón. En medio del relajo hemos sabido de tramafaces, de préstamos millonarios hechos por la administración pasada del Banco de Fomento Agropecuario (aún insisten en seguir manteniendo esos mamotretos de manoseo estatal para fomento de la corrupción, prebendas a amigotes e “incondicionales” del partido y otras hierbas) y de muchas otras animaladas típicas de nuestras miserables economías tercermundistas.

Pero veamos de qué es lo que se trata todo el asunto. Se trata ni más ni menos que de mantener un esquema de privilegios que le sale muy, pero muy conveniente a unos pocos, pero influyentes benefactores del partido, a costas de los bolsillos de todo el resto de salvadoreños. Es así de simple la cosa: los salvadoreños que queremos consumir azúcar y cualquier producto elaborado a base de azúcar estamos obligados a pagar un precio mucho más alto que el que pagan los ciudadanos de cualquier otro país del mundo, porque aquí en El Salvador hay un puñado de cañicultores que, o no saben cómo cultivar la caña de azúcar eficientemente (cosa muy común entre nuestros agricultores), o que se han metido al “negocio” porque saben que hay prebendas estatales, o porque los bancos los tienen atorzonados con los altísimos intereses bancarios que se cobran en nuestro país a pesar de que la inflación es de las más bajas del mundo, casi convirtiéndose en un mal mucho peor como es la deflación.

El que medianamente sabe algo del mercado (ese concepto tan malentendido, manoseado y vilipendiado) sabe que los precios tienen que ver con decisiones que se toman al tener información acerca de oferta, demanda y posibles influencias en favor o en contra de ambas. Pero por supuesto que esto funciona de una manera perfectamente imperfecta sólo cuando las cosas son permitidas a que funcionen libremente. Cuando hay manos peludas de por medio la cosa se pone peluda. No hay cosa que afecte más al mercado que las distorsiones que se dan cuando los precios son mentirosos. Y la mentira se da cuando por un lado hay personas o grupos de personas que tienen la suficiente influencia y poder y por el otro lado hay políticos corruptos que se dejan” pistear” (coimear, aceitar o “convencer con buenas razones) para crear leyes, reglas o cualquier tipo de zanganadas de las que ellos son expertos en inventar que hacen que la balanza se incline en favor de los influyentes y poderosos a costa de los millones de salvadoreños a quienes les es vedada la capacidad del “lobby” (cabildeo, negociación, persuación).

Como resultado de esta mentira es que de repente un cultivo se vuelve muy atractivo pues los “precios son buenos” y miles de incautos se lanzan a la aventura de sembrar de ese producto tan maravilloso, bajo la creencia de que existe libertad de mercado y de competencia. Lo que esos incautos no saben es que detrás de estos precios maravillosos están siempre los pícaros intermediarios que son los que se quedan con la mayor tajada. Pero eso no es nada. De repente a algún despierto ciudadano se le ocurre estudiar la Constitución y a seguirle la pista a las declaraciones grandilocuentes de funcionarios y de cómplices que se la pasan hablando de las bondades del mercado y de los “logros” macroeconómicos de nuestro país y, este despierto ciudadano decide “romper” las cadenas de los pactos y reglas inter gremiales y se lanza al mercado a vender su producto sin pedir permiso (¿por qué pedirlo si es libre?) y al precio que sus cálculos le dicen que puede vender para ganar clientes y mover sus inventarios. Y ¡ pum ! La bomba, la debacle, el escándalo, la intriga, la”guerra”.

Al despejarse la polvareda lo que tenemos es a setenta y pico de diputados haciendo una nueva ley para impedir que este despierto ciudadano desbarate ese precioso orden en el que estaba el mercado antes de su aventura mercadológica (léase bien mercado y lógica). Se acabó la fiesta. Los ciudadanos tenemos que seguir pagando precios exhorbitantes para que los influyentes sigan ganando tranquilamente y sin tener que desvelarse ni madrugar ni correr riesgos. Esto de correr riesgo no es para este tipo de empresarios. Eso está bien para los “pend….”

Nota final: El despierto ciudadano, también se las debe al “estado”. Hace algunos años su casa de cambio dejó ensartados a cientos de personas (yo fui uno de los estafados) y a unas cuantas grandes empresas con sumas millonarias. Era la época en que estas cosas sucedían sin que se volvieran INSEPROS. El fue prófugo de la “justicia” salvadoreña, pero por aquello de las artes de magia y de los contactos políticos, su amigo presidente del BFA le prestó a él y a un pariente del capo dueño del partido la increíble suma de 96 millones de colones. A una empresa cuyo capital inicial era de veinticinco mil colones.

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