Los Moteles de la Corte Suprema

Por Hermann W. Bruch

La señora alcaldesa de Antiguo Cuscatlán ha denunciado públicamente de manera poco usual, que los magistrados de la CSJ son los responsables de que los residentes de Santa Elena tengan a partir de estos días, un nuevo vecino, nada menos que un motel de paso – que no es lo mismo que hotel de paso, según las ingeniosas definiciones guanacas – que llevará a sus vecindario una afluencia de turismo muy singular: parejas en busca de un placentero y desestresante lugar en donde practicar el arte del amor.

Los vecinos están furiosos y la señora Navas muy astutamente les pasa la pelota a los magistrados de la Sala de lo Contencioso de nuestra flamante y cuestionada Corte. Pero más que astucia, la alcaldesa ha demostrado que también ella le ha perdido el respeto a ese órgano del estado que tan mal se porta con los salvadoreños. Lo deseable sería que los ciudadanos viéramos con reverencia y veneración a un cuerpo colegiado de tan alto nivel, supuesto a ser el máximo administrador de justicia.

No es así en nuestro país. Ese club de inveterados jurisconsultos y letrados funcionarios ha sido objeto de sentidos y emotivos señalamientos de parte de la ciudadanía y también de organismos internacionales, muy ostensiblemente el Departamento de Estado de la mayor potencia del mundo. No es difícil concluir que algo huele mal en Dinamarca.

Y es que Dinamarca – entiéndase la Corte Suprema de Justicia – lleva años ganándose el escarnio de quienes esperamos algo diferente de ese organismo. Por supuesto que allí es donde huele mal, pero la podredumbre no se origina ahí sino en el primer órgano del Estado, la Asamblea Legislativa, que es el lugar en donde se negocian y se transan los nombres de quienes han de ostentar la investidura de jueces magistrados. Y como todo lo que tiene que ver con la componenda política, el hedor se traspasa junto a las togas.

Ya lo he mencionado en otros artículos. El meollo de nuestros problemas está en las estructuras electorales y en la legislación que rige todo el sistema político. Si tan solo lográramos los ciudadanos provocar el cambio en esa legislación veríamos resultados en el mediano plazo que sin temor a equivocarnos, nos pondría en una dimensión diferente. No sería la panacea puesto que la naturaleza humana es propensa a encontrar formas de entorpecer las buenas relaciones entre las personas. Pero una buena estructura política y el imperio de la ley (el Estado de Derecho) es hasta ahora el mejor antídoto a los desbordamientos de los bajos instintos del ser humano.

Seguramente que algunos de los miembros de la Comisión para la Seguridad Ciudadana y la Paz Social saben estas cosas y los ciudadanos esperamos que al menos las coloquen en la agenda de sus discusiones. Medidas para reducir la delincuencia y la violencia van a emerger, pero ninguna medida se podrá sostener en el tiempo si no se enmarca en al menos algunas consideraciones encaminadas a corregir las inconsistencias y perversidades de nuestro marco legal en lo que toca al sistema político. Que los dioses iluminen sus mentes.

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