La nueva amenaza para América Latina
Por Hermann W. Bruch

No estoy hablando solamente de la ola izquierdizante pues quizá ese sea la menor de las amenazas. Estoy refiriéndome a China, la India y los países árabes musulmanes.
Andrés Openheimer lo describe con mucha claridad en un recuento que hace de su reciente viaje al coloso asiático. Y al mismo tiempo, un exitosos y pujante empresario guatemalteco de los Pollos Camperos, Dionisio Gutiérrez, lo dice de manera franca y, diría yo, muy candorosa, al referirse a América Latina como el continente perdido citando al periodista Naim en Atlantis.
No somos peligor para nadie más que para nosotros mismos continúa diciendo Gutiérrez, haciendo referencia a los arrogantes ingenieros “sociales” que han logrado secuestrar la iniciativa de los ciudadanos.
Dentro de su franca exposición Gutiérrez habla de los políticos de derecha latinoamericanos, que de liberales tienen poco y “gobiernan sus países al compás de algunos grupos de interés y al ritmo de cierta comunidad internacional burocrática y decadente.”
Es triste que, habiendo tantos excelentes y responsables empresarios, los políticos se las arreglen para dar al traste con los destinos de tantos millones de seres humanos que caen presa de populistas descarados o de predicadores de modelos económicos adulterados para favorecer a pequeños y poderosos grupos allegados como siempre a las altas esferas del poder político.
Posiblemente sea muy tarde para recuperar un terreno que nunca fue nuestro. La América Latina ha tenido la desgracia de ser el traspatio de la mayor potencia económica mundial que a su vez nos ha mirado con sumo desprecio, igual que lo ha hecho con China, la India y los países árabes, a quienes solo ha considerado como geopolíticamente estratégicos, pero sin un sentido de reciprocidad ética. Quizá sea muy tarde para los mismos Estados Unidos de Norteamérica pues la creciente animosidad que se está cultivando en el mundo, no solamente en el islámico, sino en su mismo continente, es indetenible.
Chávez y sus compinches han sabido interpretar el malestar y llevarlo, con su retórica y sus acciones, a niveles cada día más peligrosos, poniendo en peligro la estabilidad de toda la región. Países como el nuestro, que se han mantenido enfermizamente leales a los caprichos del mandatario norteamericano, corremos un doble peligro, pues la soberbia de la elite gobernante sumada a la insoportable ignorancia de los líderes de la izquierda radical, nos deja en una situación de pierde pierde.
Por supuesto que los que controlan el poder económico tienen asegurados sus intereses de tal forma que, al primer atisbo de la catástrofe, levantan la carpa y se marchan hacia donde tienen sus dineros resguardados.
La clase pobre no tiene nada que perder. Los que estamos con la cabeza metida en el cadalso, esperando la caída de la guillotina somos los que pertenecemos a la clase media. ¡Y bien merecido lo tendremos! Pues nada hicimos cuando tuvimos la oportunidad de alzar nuestras voces. Estábamos muy entretenidos subiendo por la escalera social, codeándonos con los de arriba, siguiéndole el juego a los grupos fácticos, esperanzados en recoger alguna jugosa migaja.
Mientras tanto, se ha venido desarrollando una casta empresarial detestable: la que se organiza para cometer ilícitos cuando menos y en forma criminal en algunos casos. Esa clase que no respeta ni las leyes ni a los demás, siendo su único objetivo la obtención de utilidades a cómo dé lugar. Ahí caben todos los que trafican de manera ilegal, sea contrabando, sea personas, sea narcóticos. Esos serán los que tomarán el lugar que abandonen los otros empresarios cuando abandonen el país y entonces sí que estaremos metidos en un tremendo berenjenal.
No quiero terminar este artículo sin antes pedir disculpas por un tremendo error cometido al haber descuidado el rigor con el que normalmente manejo esta columna de opinión. Resulta que en la anterior me he referido a un accidente sufrido por el Director Ejecutivo de TACA en su helicóptero en el que habría muerto su piloto. Nada de eso ha sucedido y todo se ha debido a una fea equivocación de parte mía por lo que pido disculpas al señor Kriete y a mis pacientes lectores. Nada hay más peligroso que el utilizar una columna de opinión para aseverar cosas sin haber chequeado la información recibida. Y yo he caído en ese error. Lo siento, no volverá a suceder.
Me despido hasta aquí.

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