El País de la Sonrisa
Por Hermann W. Bruch

Nos hemos acostumbrado a escuchar la frase “El Salvador, país de la sonrisa” y nunca nos detenemos a preguntarnos qué hay detrás de ella. En primer lugar, pareciera que es una frase sin sentido, pues la mayor parte de la población está siempre tan abrumada por sus problemas cotidianos sumado a los del entorno, que es muy improbable que le queden ganas de sonreír. Es cierto que el salvadoreño ha demostrado ser un pueblo de gran estoicismo, demostrado a través de su historia plagada de calamidades como terremotos, inundaciones, sequías, guerras, etc., haciendo cierto el dicho “al mal tiempo buena cara”. Y es cierto que, por regla general, el salvadoreño recibe con una sonrisa al forastero.

Pero también es cierto que tenemos uno de los índices de violencia más altos del mundo y quizá gocemos del primer lugar en homicidios, lo que la OMS ha declarado como niveles de epidemia. Y si observamos las caras de la gente, día a día, en la calle, en los centros comerciales, en el supermercado, en sus carros en medio de una trabazón, lo que menos veremos son sonrisas. La agresividad está a flor de piel.

Analicemos un poco el entorno dentro del cual se desenvuelve el salvadoreño común y corriente. Comencemos con los frentes de mal tiempo que significan para miles de personas un porcentaje alto de sufrir inundaciones, algunos varias veces durante la época de lluvia. Quienes viven de sus cultivos en el campo, la posibilidad de perder sus cosechas, año tras año, creando situaciones de pobreza extrema, hambre, pérdidas de vida, etc.

Las miles de personas que día a día tienen que abordar un vehículo de transporte, sea bus chatarra, pick up destartalado o un taxi, coquetean con la muerte con un sentimiento de fatalismo endémico. No pueden escapar de esa realidad igual que quienes no pueden escapar del crimen, de la violencia familiar, de los abusos laborales, de la falta de empleo o de los bajos niveles salariales y el alto costo de la vida. Excepto, claro está, que decidan emigrar hacia los Estados Unidos, travesía que seguramente emprenderán corriendo riesgos inmensos de ser vejados, estafados, perseguidos o simplemente morir calcinados dentro de un furgón de muerte en el desierto de Arizona.

Los que se quedan no pueden esperar mucho de un país cuyo aparato estatal no está diseñado para velar por el bienestar de su gente sino para proteger los privilegios de una élite que mantiene el control casi absoluto de los beneficios derivados de su corrupta asociación con las altas esferas del poder. Así vemos como las instituciones del estado, una a una, son compartimentos estancos de poder de los diferentes partidos políticos que se confabulan para mantener el statu quo.

Cómo puede sonreír un ciudadano medianamente informado al constatar que la Corte de Cuentas es coto de caza de un partido político que se destaca por su excelente manejo de la negociación de sus votos en la Asamblea Legislativa, haciendo gala de su habilidad para chantajear sin el menor pudor político. Nada mejor sucede dentro del máximo tribunal de justicia, una corte que de justicia no tiene nada y lo de suprema le calza por su desfachatez supina. Recientemente le ha quitado atribuciones a su propia instancia de probidad, en un intento de mantener el control absoluto del manejo de la corrupción, a todas luces con la intención de subir la cotización de sus fallos y decisiones.

El Gobierno lanza su programa de mano dura contra la delincuencia para descubrir que ésta le explota en la cara con tremenda impunidad. Con despliegue de publicidad se revisan leyes, se manipula a la opinión pública y se lanza el plan super mano dura. Nuevamente las estadísticas lo ponen en ridículo. De cinco homicidios diarios sube a siete y luego a nueve. Esperemos que no sigan añadiendo más “super” adjetivos a la mano dura pues la sangre nos ahogará.

Mientras todo esto sucede, el partido de oposición que en su momento se proclamó el adalid del pueblo, está más entretenido en su propio juego electorero, perdiendo en el camino a la mayoría de sus principales y más destacados personajes. Estos últimos no logran organizarse para conformar un sólo bloque de izquierda progresista, aunque todos se declaran seguidores de la doctrina social demócrata. Sus egos no les permite aglutinarse bajo una sola bandera que pudiera llevarles a formar un bloque de centro izquierda capaz de interpretar las aspiraciones de una gran parte de la población.

El Tribunal Supremo Electoral es un caso en sí mismo de bochorno y por lo tanto de desencanto ciudadano. El famoso representante del partido de las manos untadas, otrora diputado que fue captado por la prensa en estado de ebriedad dentro del recinto parlamentario, en horas de trabajo y de sesión plenaria, es ahora nuevamente descubierto por las autoridades, conduciendo su vehículo totalmente borracho. Pero su fuero de magistrado lo protege y lo convierte en otro caso de impunidad institucionalizada.

Un ministro de gobierno es obligado a renunciar por haber cometido un aparente ilícito mercantil. Poca monta, mucha alharaca. Nadie entiende qué hay detrás de todo esto, pero el caso suma y sigue en la lista de cosas que los ciudadanos salvadoreños tenemos que soportar y que, seguramente no constituyen motivos para sonreír. Mientras tanto, nos encanta seguir diciendo que El Salvador es el país de la sonrisa. El enigma de la sonrisa sigue en pie, al igual que la famosa pintura de Leonardo da Vinci, la Mona Lisa.

You can leave a response, or trackback from your own site.