Parece que el tiempo me ha dado la razón (aunque no me hace nada feliz)
Por Hermann W. Bruch

Hay mucha gente que anda pregonando alegremente que el capitalismo ha muerto. No estoy tan seguro. Lo que ha muerto es esa lacra que se apoderó de una idea para malograrla y corromperla hasta sus raíces. Esa lacra se compone de banqueros abusadores, financistas adulteradores de los principios del mercado, mercaderes de Wall Street que nunca han creído en el mercado, políticos poco éticos que se han prestado a jugar el gran juego de los “lobbyistas” al servicio de los grandes intereses económicos.

Esa banda de malandrines se creyeron el cuento de que el sistema era inobjetable e invencible y peor aún, la panacea de la humanidad. Y es por este último convencimiento es que se inventaron el tristemente famoso “Consenso de Washington” y le impusieron al mundo, ayudados pos sus dos estructuras de poder – el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial – un sistema que ahora se ha desmoronado, desplomado, descalabrado.

De repente, los defensores de esas descabelladas recetas se han quedado callados. Algunos ya se atreven a ser detractores. La payasada está a la orden del día. Por el otro lado, también andan los opositores, la gente de la izquierda, tanto la progresista como la trasnochada, celebrando el descalabro y proponiendo su propia fórmula como la verdadera panacea. Se nos vienen tiempos diferentes y no sé si necesariamente buenos.

Por lo que logro ver en el contexto de las noticias internacionales, los que están intentando componer el entuerto y plantear un nuevo “sistema” son los mismos que han sido responsables del fracaso del anterior. Si es así, nada bueno saldrá de todo esto. La esperanza sería si se permite que caras y mentes nuevas intervengan en este debate. Gente como Soros, Stiglitz, Buffet, y unos cuantos europeos, asiáticos y, – ¿por qué no? – latinoamericanos.

El capitalismo no ha muerto. Está mal herido. Ha sido maltratado por años, manoseado, vilipendiado, distorsionado. Al mercado nunca se lo ha dejado funcionar. Las manos peludas de gobiernos y privados coludidos han vulnerado el principio básico de permitir que los ciudadanos actuemos libremente con nuestras decisiones. La distorsión se da porque se confunde regulación con manipulación. ¿Qué diablos tiene que hacer un funcionario o mejor dicho, un ente como la FED y los bancos centrales, manoseando la tasa de interés, que en un verdadero capitalismo, cumple la función de ser un indicador y no una herramienta? Por supuesto, los economistas dejarían de ser importantes si no meten mano en el asunto. Los políticos dejarían de ser importantes si no se dejan “persuadir” por los omnipresentes cabilderos (lobbyists) quienes, cual aves de rapiña, acechan constantemente los corredores de palacio con los bolsillos repletos de dinero destinados a la compra de voluntades.

¿Qué clase de capitalismo es ese que hemos venido experimentando en el que a unos pocos, poderosos e influyentes “capitalistas” se les favorece con prebendas, exenciones, patentes y toda clase de privilegios, mientras al ciudadano común y corriente no le queda más remedio que “pagar con sangre” el costo del festín de esos privilegiados? Por supuesto que lo que hemos tenido no puede llamarse capitalismo sino mercantilismo, al más puro y sofisticado estilo. Y la cosa se agrava y se enreda más aún cuando los detractores bautizan, de manera intencional y aviesa, como “neoliberalismo” a algo que no es más que un burdo complot entre el poder político y el poder económico para expoliar a los pueblos.

Por todo lo anterior y, sin ánimo revanchista, no queda más que alegrarnos porque al fin se ha destapado esa olla de grillos a la que se le dio el falso nombre de “mercado” cuando en la realidad no era más que un antro de mercaderes apoderados de un templo de adoración a un dios dinero, que ha dado sus coletazos en señal de repudio.

Esperemos que se construya un verdadero templo en el cual nos expresemos las mayorías, esas masas a las cuales se debe el verdadero capitalismo, ejerciendo nuestro sagrado derecho de tomar decisiones sin el acompañamiento de “expertos” y sabihondos, un templo en el que no se permita el manoseo de “intelectuales de la economía” que confunden su rol de intérpretes de comportamiento con el de dictadores de teorías.

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