¿Y después qué?
Por Hermann W. Bruch

La fecha se aproxima y la incertidumbre crece. No se habla de otra cosa. Hay mucha agitación en el ambiente. No es una elección cualquiera, pero tampoco es la primera vez que cunde el pánico. Ya hemos vivido este escenario antes y El Salvador ha sobrevivido. La democracia paraliza a unos y excita a otros. Las opciones están dadas. Si gana uno, el país cae en el abismo. Si gana el otro tendremos más de lo mismo. Esas son las premisas. Eso es lo que dicen los analistas. Eso es lo que habla todo el mundo. Pero nadie se pregunta qué pasará después de las elecciones, cuando el país siga estando aquí, con su misma gente, sus mismos problemas, sus mismos desafíos, y, desafortunadamente, con sus mismos políticos. Y esta quizá sea la gran tragedia. Es lo que debiera preocuparnos de verdad, pero lamentablemente no es así.

Una democracia que sólo se despierta cada vez que hay elecciones y que se retuerce cuando estas elecciones son presidenciales, no es una verdadera democracia. Es un remedo electorero con repercusiones sociales y económicas, pero un remedo nada más. Los salvadoreños, mal liderados por quienes supuestamente debieran ser nuestros orientadores – políticos, religiosos, académicos, gremiales, empresariales – no hemos entendido aún cuál es el significado de la palabra democracia y por ende caemos en sus trampas, en sus aversiones y en sus distorsiones. Somos presa fácil de charlatanes, de políticos aviesos, de expertos maquiavélicos, de analistas convertidos en profetas, en fin, de todo aquel que ve el terreno fértil para sacar algún provecho. Mal provecho para el pueblo.

Siento que no debemos preocuparnos tanto por el resultado, como en lo que realmente va a pasar después. Lo digo con el convencimiento de que siempre la realidad es mucho menos dramática que la percepción, y es la que al fin de cuentas cuenta de verdad. Si viviéramos de percepciones (muchos lo hacen) erramos indefectiblemente el camino. No niego que muchas personas prefieren abstraerse de la realidad y encuentran en ese refugio virtual una calma aparente que les proporciona sosiego. Otros lo hacen para dar rienda suelta a sus paranoicas alucinaciones. No habría nada de malo en ello si se tratara de algunas pocas personas totalmente desligadas del quehacer nacional, cuyas acciones (o inacciones) no afectan a terceros. Pero cuando la percepción se convierte en un engaño generalizado, es terriblemente peligroso y colectivamente suicida.

El Salvador como país y el salvadoreño como ente vivo, han demostrado siempre que sabemos ajustarnos a la realidad y que al final de cuentas, el destino del país lo definimos dentro de esos parámetros. Esto es positivo y es bueno, pero sería mucho mejor si lo hiciéramos en consonancia con nuestros supuestos líderes, con quienes toman decisiones por cuenta nuestra. Mejor aún, sería muy provechoso que nuestros líderes actuaran en consonancia con el ethos nacional. Los países logran avanzar de acuerdo a la capacidad que tengan de desarrollar un pensamiento colectivo positivo, una acción colectiva propositiva y productiva, enmarcados en objetivos delineados, definidos y liderados hábilmente por personas que saben interpretar estas cuestiones y estimularlas a niveles máximos. Estas características suceden (si la historia no nos miente), cuando hay grandes crisis y éstas se toman como oportunidades y no como calamidades.

No tenemos que ser un país rico ni grande ni poderoso para ser ricos, grandes y poderosos. A ver si logro darme a entender. La riqueza, la grandeza y el poder son aspectos que se desarrollan dentro del espíritu colectivo. Riqueza espiritual, grandeza de carácter y la voluntad para poder hacer las cosas debidas. Y para lograrlo es necesario que se conjuguen el momento y los liderazgos adecuados. Una crisis de grandes proporciones por lo general es el caldo de cultivo para lograr esto, pero no es posible si lo que tenemos son falsos líderes y falsas motivaciones.

Es por ello que, más allá del día de las elecciones, es nuestro deber comenzar a ocuparnos en la construcción y perfeccionamiento de una verdadera y sólida democracia y esto parte por la consolidación de verdaderos partidos políticos, conformados bajo plataformas democráticas que obedezcan a leyes justas y sometidos al imperio de la ley. Esto supuestamente debiera producir una conexión sinérgica entre los partidos y sus representados y estaríamos caminando por un verdadero rumbo de desarrollo.

En nuestro actual y real entorno, dada la alta polarización existente entre dos partidos auto excluyentes (aberración democrática), es indispensable que como sociedad trabajemos en la construcción de un verdadero movimiento político que desemboque en la formación de un verdadero partido político representativo de la voluntad colectiva de quienes lo apoyen y que logre ser escuchado y tomado en cuenta por su capacidad de generar ideas y propuestas de interés nacional. Ninguna duda de que este es el camino a seguir, aunque tampoco hay duda de que no es un camino fácil.

Llamémoslo como queramos, tercera vía, partido de centro izquierda, partido de ciudadanos. No nos desgastemos en descripciones sino que trabajemos duro en concepciones y definiciones. Las bases están ahí. Sin darnos cuenta hemos logrado aunar esfuerzos en este sentido aunque motivados por distintas razones. Sin embrago, los resultados son de buen augurio y no debemos desperdiciarlos.

La idea podrá sonar alocada y seguramente que saltarán los detractores de siempre. Esto es natural pues éstos sienten que el éxito de un verdadero y democrático movimiento es el principio del fin de sus mal entendidas estructuras. Abramos bien los ojos y entendamos lo que estas elecciones nos están enseñando. Ambos partidos – ARENA y FMLN – por diferentes realidades, pero similares motivaciones, se han visto en la necesidad, o más bien se han visto favorecidos, por la aparición cuasi espontánea de estructuras que potencian sus pretensiones. Me refiero a la Alianza por el Cambio del lado de ARENA (con la incorporación del Ingeniero Zablah en su fórmula) y a los Amigos de Mauricio, por el lado del FMLN. Estas dos agrupaciones son las que decidirán el resultado de las elecciones. Ambos partidos han visto la necesidad de reforzar sus cuadros con estas estructuras conformadas por ciudadanos “independientes” no necesariamente partidistas.

Estas dos organizaciones de ciudadanos son un acervo de democracia representativa y de activismo ciudadano que sería una lástima desperdiciar una vez terminado el proceso electoral. Ambas organizaciones tienen una labor que desarrollar más allá de la culminación de la campaña. En ambos casos, sea cual fuere el ganador, serán necesarias para dar sustento y respaldo a sus “protegidos”. Pero esto en sí mismo no es suficiente razón ni motivación para mantener un movimiento ciudadano. La ley de la democracia exige que exista un fin político definido y éste sería la formación de un partido político representativo de los deseos del conglomerado.

Ahora bien, si fuésemos más allá y nos atreviéramos a romper paradigmas de verdad, si tuviéramos la capacidad de innovar, de cautivar y de asombrar, estoy seguro que la unificación de estos dos movimientos en uno sólo, sería lo suficientemente arrollador como para despertar el entusiasmo de todo el país. Esta sí podría ser una tercera vía viable. ¿Seremos capaces?

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