¿Qué tan inseguros nos sentimos?

Por Hermann W. Bruch

La seguridad de una sociedad no es sólo una cuestión de marcos regulatorios, instrumentos preventivos, aparatos represivos o sistemas penales. Es también una cuestión que emana de nosotros mismos. Podemos vivir en el lugar más seguro del planeta y sentirnos inseguros y vise versa. Hay todo un juego mental de percepciones que forma parte del tema y he decidido tocarlo desde esta perspectiva en vista de que abundan las contribuciones estudiadas y entendidas relativas a los demás aspectos.

Los seres humanos tenemos la tendencia a construir nuestros propios paisajes imaginarios relativos a diferentes cuestiones. Por lo general tenemos nuestro propio concepto de lo que es salud y de lo que es saludable. Cada quien construye una definición que calza a sus aspiraciones de manera personal. De igual forma construimos una visión personalizada de lo que es éxito en nuestras vidas. Igual hacemos en torno al tema “justicia”. Todos tenemos claro lo que consideramos injusto para con nosotros, pero desgraciadamente no aplicamos este criterio para cuando nos relacionamos con los demás. Y así sucesivamente con casi todo lo que involucra nuestro intelecto combinado con nuestras emociones y nuestros intereses.

El tema seguridad en sí mismo tiene muchas aristas. Seguridad laboral, seguridad alimentaria, seguridad económica, seguridad “social” (concepto más político que económico), seguridad física, y seguridad ciudadana. Esta última relacionada con el aparato de protección policial del Estado. Cuando hablamos de seguridad casi siempre nos referimos a este último y nos olvidamos de los demás componentes conceptuales. Esto indefectiblemente conduce a que nuestro análisis, por regla general, sea incompleto y deficiente.

Sin pretender introducirme en un proceso de análisis y discusión académico-filosófico, creo que es necesario al menos aceptar que existe una estrecha correlación entre todos los tipos de “seguridad” y que es necesario que entendamos esto y lo tomemos en cuenta al momento de diseñar propuestas de solución, de lo contrario caeremos siempre en el mismo error y seguiremos permitiendo que el problema se agrave.

No sé si sea el caso, pero en una época en que existen estudios acerca de casi todo lo imaginable, estoy casi seguro que puedo decir con certeza que existen estudios que demuestran que el primer paso para revertir el problema de la inseguridad de las personas, comienza dentro de la mente de las personas mismas, Y es a esto a lo que quiero referirme en esta pequeña aportación, en respuesta a la atenta invitación que me ha hecho mi amigo Andrés Espinoza a colaborar en su revista “Pensándolo Bien”

Corro el riesgo de caerle mal a mucha gente al hablar de problemas de la mente. En una ocasión opiné que el problema de la pobreza es un problema arraigado en la mente del que la padece ADEMÁS de estructural y social. Me cayeron muchas “bendiciones”. Aún así, sostengo que existen problemas que tienen varias aristas entre las que se encuentra el de las percepción (mente) y la emoción (estado anímico-mental). Los sociólogos debieran saber esto, pero es más fácil y de “moda” intelectual (políticamente correcto) sostener enjundiosas teorías para analizar los temas y proponer soluciones, casi siempre atribuyéndolo a la insensibilidad y la voracidad de los “ricos”.

Si me hago la pregunta hoy en día ¿qué tan inseguros nos sentimos? es porque, en primer lugar, creo que la inseguridad, hasta hace poco, no ha sido tan “sentida” como la realidad nos lo ha atestiguado. Por lo tanto, lo hemos tomado con poca seriedad. Hablo de nosotros pues el problema siempre parte de nosotros y desde nosotros sube a las autoridades. Si nosotros no le damos importancia, nuestras “autoridades” – funcionarios públicos que primero cobran un sueldo y luego tal vez se ocupan de “funcionar” – tampoco le darán importancia. Eso porque no existe una mentalidad de servicio público, entre otras causas.

Cuando colectivamente comenzamos a formar una masa crítica consciente del problema, entonces comenzamos a poner presión y, si tenemos suerte, los funcionarios nos prestarán atención. Creo que ahora podemos decir que el problema de la inseguridad ciudadanos está llegando a niveles de percepción importantes (ya se siente el clamor) y quizá ahora se le preste la debida atención de parte de las autoridades.

Lo paradójico de todo esto es que, quienes más contribuyen a nuestra inseguridad – los “buseros” – son quienes ahora están poniendo el grito en el cielo pues ya no soportan al acoso de los pandilleros-extorsionistas. ¡Qué bien!, me inclino a pensar, que esté apretando ahí donde duele y qué bien, que tal vez ahora le prestemos la debida atención, como sociedad y como ciudadanos (como si no fuera lo mismo!!) y nos aboquemos a la tarea de encontrar una solución sistémica e integral al problema.

Para poder lograr avanzar en el tema, es necesario que haya consenso acerca de la magnitud del problema, pero más aún, de la naturaleza del mismo. No se puede pretender encontrar solución a un problema del cual solo se tiene una idea parcial y difusa. El enfoque que se le dé a una posible solución tiene que pasar por una matriz multidisciplinaria capaz de integralizar acciones en función de una visión clara de la naturaleza del problema.

Esto es tarea de expertos capaces de desprenderse de su tendencia a aplicar medidas unilateralistas. Y para llegar a este nivel será necesario entender la importancia de la percepción colectiva que se tiene del problema y de su magnitud. Trabajar en el imaginario colectivo es y será tan importante como trabajar en las causas sociales que confluyen como causales: culturales, económicas, falta de educación, ausencia de valores o mejor dicho, distorsión de los valores, falta de oportunidades, ausencia de una política nacional de desarrollo, falta de idoneidad del cuerpo policial, corrupción del sector judicial, obsolescencia de las leyes penales, pérdida del sentido de dignidad, el efecto pernicioso de la transculturalización, etc.

Para no hacer larga esta entrega, sólo faltaría mencionar la falta de seguridad que sentimos los ciudadanos en torno a los temas de la salud. La más que aparente incapacidad de nuestras autoridades para lidiar con problemas como el de la pandemia de Gripe A en su versión H1N1, el rotavirus, el cólera y sus allegadas enfermedades gastrointestinales, las enfermedades respiratorias (la incidencia de las emanaciones de los buses chatarra), la carestía y el oneroso precio de las medicinas, la escasez de personal médico y paramédico y la baja calidad profesional de los mismos, la inadecuada red hospitalaria, etc., son todos factores de inseguridad ciudadana.

Se requiere de autoridades competentes y asertivas para infundir respeto y levantar el ánimo de las personas. Si la gente se siente insegura, actúa con debilidad y esto envalentona a los abusadores que siempre están al acecho. Si la gente recobra su valor, su asertividad, si se siente debidamente liderada, hacia un derrotero común, con visión clara del los objetivos, otra gallo nos cantara. Es necesario cambiar el rumbo de nuestras actuaciones.

Comenzar por darle sentido formativo e informativo a las “campañas” que emanan de las instancias del gobierno en lugar de esos mensajes faltos de contenido, sería un buen comienzo. Esas campañas debieran ser elaboradas por sociólogos, antropólogos y humanistas en lugar de meros publicistas. La publicidad pierde rumbo y valor social cuando se utiliza en campos en los que no tiene nada que hacer. La comunicación social va mucho más allá de la elaboración de “jingles” y de simples cantares cargados de cursilerías.

Debemos atrevernos a encontrar soluciones saliendo de los tradicionales paradigmas, que dicho sea de paso, son paradigmas de mentes chicas y de ideas pobres. Salgamos todos juntos de este embrollo con creatividad y con honestidad intelectual.

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