¡Hipocresía!

Por Hermann W. Bruch


En estos días nos está lloviendo sobre mojado. Y no necesariamente agua del cielo. Estamos inmersos en una recesión bastante seria, por no decir grave. La delincuencia y el crimen nos ha invadido con tal fuerza que nadie sabe qué diablos hacer. Nos ha llegado la pandemia de la Gripe H1N1 y pareciera que nuestras autoridades no tienen claro qué medidas tomar ni qué alcance debieran tener. Un loco anda suelto en países allende nuestras fronteras poniendo en peligro la estabilidad de la región. Otro loco, más loco, anda suelto con la billetera abierta y llena de millones, tratando de comprar voluntades a diestra y siniestra. Tenemos un gobierno que está entre la espada y la pared, para ponerlo suave, cuando apenas se adentra en los primeros cincuenta días de haber tomado las riendas del país.

Quisiéramos asumir que la prudencia es la inspiradora de su aparente silencio. Prudencia de no aparecer con soluciones populistas apresuradas a problemas que requieren tratamiento integral y de largo alcance. Prudencia en el manejo de las relaciones internacionales, especialmente aquellas con países vecinos. Prudencia en su relación con su propio partido y con sus opositores. Y es que si no predomina la prudencia, el polvorín puede estallar en cualquier momento.

¿Y a qué viene el título de este artículo? Me impulsa el disgusto y repugnancia que siento al observar cómo nos comportamos los salvadoreños ante todas estas vicisitudes. Nos debiéramos de congratular que al fin nuestros políticos han logrado ponerse de acuerdo en una trascendental elección de Magistrados habiendo logrado conformar una Corte con una sala Constitucional de lujo. Sin embargo algunas voces han saltado para denunciar el procedimiento aduciendo una trillada frase carente de significado, al menos así parece en la observancia de la historia occidental de raíces judeo-cristianas. Hace más de cuatrocientos años el teólogo jesuita Hermann Busenbaum planteaba en su obra – Medulla theologiae moralis – la siguiente propuesta: cum finis est licitus, etiam media sunt licita [‘cuando el fin es lícito, también lo son los medios’]. Y una leída rápida a las páginas de la historia de la “santa” Inquisición nos conduce a pensar que la Iglesia Católica se lo tomó muy en serio por mucho tiempo. Así es que, de corazón, damos las gracias al Presidente y a los líderes de los dos grandes partidos políticos por este regalo.

En medio de todo este barullo de dimes y diretes entre puristas y pragmáticos, las autoridades de Salud y siguiendo la recomendación, las autoridades de Educación nos han mandado a más de un millón y medio de estudiantes a las casas, prohibiendo incluso el trabajo del personal administrativo de los centros educativos. La medida ha sido bienvenida por la opinión pública en general, pero con reparos de parte de instituciones que consideran injusto el paro de trabajo administrativo.

Analicemos un poco la medida. No se han cerrado oficinas administrativas de ningún tipo. Las empresas siguen trabajando normalmente. Los centros nocturnos y los cines siguen aglomerando a sus clientes en sus recintos. Las fiestas patronales no han sido – ni serán – suspendidas. Todo sigue su curso normal como si la gripe fuera exclusividad de los centros educativos. Está bien mandar a casa a los jóvenes estudiantes, pero las instituciones educativas tiene labores que van más allá de dar clases en las aulas. Hay toda una serie de actividades y procesos que requieren de atención continua, razón por la que la mayoría de instituciones nunca cierran sus instalaciones, ni siquiera en períodos de receso escolar y universitario.

¿Nos hemos puesto a pensar que es discriminatorio prohibir a unos lo que no se le prohíbe a otros? He escuchado opiniones airadas de parte de ciudadanos que se rasgan las vestiduras aduciendo que la vida de unos niños y más de algún adulto que han muerto a causa del singular virus es más importante que los negocios de los ricos (y dale con el estribillo). Pero esas mismas “cristianas” personas se han acostumbrado a ver como normal que miles de niños mueren a causa de afecciones respiratorias causadas por el humos de buses chatarra que circulan libremente por nuestras ciudades. De hecho, nuestras autoridades de salud nada dicen al respecto y bien saben que las estadísticas de mortalidad son mucho más alarmantes que lo que pudiera causar eventualmente el virus de la gripe H1N1.

¿Y ya que hablamos de mortalidad, qué se dice del dengue, del cólera, de las muertes causadas por infecciones gastrointestinales a causa del mal manejo de aguas en nuestro país. ¿Cuántas muertes causa el sucio Río Sucio al cual se vierten residuos tóxicos de innumerables empresas, algunas muy notorias? ¿Y qué del Acelhuate?

Creo que debemos proponerle a nuestros nuevos gobernantes que le den una mirada mucho más ética a estos problemas y que no caigan en la trampa de tomar medidas que pudieran no ser del todo efectivas y que más bien podrían causar problemas mayores. Y que si se toman medidas, que se respeten los derechos de las empresas, evitando discriminar, pues caen en el peligro de contravenir a la misma Constitución que no reconoce ciudadanos de distintas categorías. Si se cierran unas empresas deben cerrarse todas las empresas. Peligroso ¿no?. Mejor permitir trabajar a todos, tomar medidas preventivas e informar mejor a la población de cómo comportarnos en tales circunstancias.

Felices vacaciones (forzadas para algunos).

26 de julio 2009

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