La OEA y la ONU metidas en honduras… y Honduras, muy bien muchas gracias

Por Hermann W. Bruch

El caudal de opiniones en torno a la crisis hondureña es tan grande y variado como para dejar tranquilo el tema. La solución está en manos de los hondureños o al menos debiera estarlo. Sin embargo, me he sentido motivado a escribir pues hay algo que inquieta mi mente. Las instituciones que debieran servir para mediar en estas crisis, la OEA y la ONU, han demostrado su ineficiencia y de paso, una inaceptable parcialidad.

En el caso de la organización americana se puede percibir que ha caido en las garras de Hugo Chávez, sea por apetencia ideológica o por el atractivo de sus petrodólares. En el caso de la mundial, la ineficiencia es resultado de la comodidad y pereza que toda burocracia fomenta, corroyendo los fundamentos éticos originales.

No me atrevo ni me interesa predecir cuál será el desenlace de la situación del hermano país, pero creo poder decir con toda certeza que la desintegración de las dos organizaciones en cuestión es algo imparable y es sólo cuestión de tiempo hasta su desaparecimiento o refundación. Esas organizaciones requieren del aporte de dinero de parte de los países miembros y la crisis económica sin duda es el detonante que hacía falta para que uno a uno se vayan retirando los aportes, o al menos retrasándose hasta que sea insostenible el aparato burocrático.

Una refundación de ambas es no sólo necesaria sino impostergable pues ha quedado evidenciada su inutilidad. El mundo al revés se puede entender cuando uno mira lo que sucede en las reuniones de esos organismos.

Ambos se han logrado mantener a flote mientras existía la polarización de los dos grandes bloques ideológicos liderados por los EE.UU. y la extinta URSS. Pero con el descalabro del comunismo y luego de la caída del muro de Berlín, el caos se ha apoderado de estas instituciones, especialmente de la ONU que ya perdió su razón de ser.

Por supuesto que algunas dependencias de estas instituciones llevan a cabo importantes labores que algún beneficio traen a los países y pueblos menos privilegiados, pero ¿a qué costo? Si para entregar unos cuantos libros a niños pobres de países pobres o ayudar a unas cuantas mujeres victimizadas en países machistas, o para entregar unos cuantos fardos de alimentos generalmente de muy baja calidad supuestamente a gente en precaria situación de desnutrición, si es que realmente llega a sus manos luego de pasar por el eficiente filtro de la corrupción, repito, si para esos magros logros es necesario tener y mantener esos onerosos y odiosos aparatos burocráticos, lo mejor que le puede suceder a la humanidad es su extinción.

Pero eso casi nunca sucede fácilmente, por lo que el proceso pasa por un lento y prolongado período mientras los parásitos del sistema se retuercen y luchan desesperadamente por no perder sus jugosos y oprobiosos privilegios.

La lógica dicta que esos organismos debieran de ser los idóneos para combatir los problemas que aquejan a la humanidad, pero en la realidad no sucede así. El flagelo de la corrupción se apodera de estos organismos y se instala en sus entrañas, hábilmente disfrazado de tal forma que en apariencia pareciera que desde ahí se la combate.

Como es de esperar, existen innumerables defensores de su existencia y entre algunos argumentos se citan algunos que se convierten en verdaderos sofismas. Uno de estos es que estos organismos son excelentes medios de redistribución de la riqueza. Recuerdo que algo similar se decía de la corrupción mejicana, cuando se hablaba de la famosa mordida o coima. La verdad que no hay nada más demoledor que un sofisma que adquiere cariz de dogma.

Paradójicamente, el proceso de recuperación y rescate de estas instituciones, al igual que otras similares incluyendo gobiernos y empresas que se han desviado de sus objetivos éticos, ha sido estimulado por las mismas fuerzas corruptoras y destructoras. Ningún movimiento ciudadano inspirado en principios y en valores sería capaz de lograr lo que las fuerzas del mal son capaces de lograr. Llevarnos a tocar fondo es la mejor manera de conducirnos al renacimiento. El caos es el mejor aliado del orden, la maldad es la fuerza que da vida a la bondad. Llámenle relatividad o principio de acción y reacción, las consecuencias son inmutables. Desconocer las convenciones, los contratos, los principios éticos, el respeto a las buenas costumbres desencadena indefectiblemente una contrafuerza igualmente demoledora y de las cenizas sale algo mejor que lo que había, hasta que se completa el ciclo de nuevo.

Y para terminar, quiero meter mi cuchara en el embrollo hondureño. A Zelaya lo traicionaron sus amigotes. Pudo terminar su período con buena nota, pero no pudo resistir los cantos de sirena del trompudo malcriado venezolano y de sus comparsas idiotas latinoamericanos.

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