Metiendo mi cuchara en el tema de la reforma fiscal

Por Hermann W. Bruch

Siempre me prometo no escribir sobre cosas que no entiendo, pero esta vez lo hago, no como experto en materia fiscal sino como contribuyente y consumidor.

La reforma que tanta discusión ha despertado, posiblemente sea necesaria y seguramente sea impostergable. Pero siento que, de todo lo que he escuchado y leído sólo puedo concluir que el tema ha sido manoseado, mal presentado y por ende, la ciudadanía hemos sido desinformados.

Tengo la impresión que los detractores se han ido por el engaño en la presentación de sus argumentos y no me cabe la menor duda que las autoridades de gobierno pertinentes no han sabido manejar la comunicación. Si dentro de todo este embrollo ha habido intención de confundir, lo han logrado. Al final, todos salimos perdiendo: el gobierno, la empresa privada, los tanques de pensamiento, las gremiales y los ciudadanos contribuyentes y consumidores. ¡Qué lástima!

Concuerdo con quienes abogan por un pacto fiscal, pero no sé si entiendo a qué se refieren. Concuerdo con el gobierno en cuanto es urgente hacer algo pues de lo contrario el país estaría en peligro de entrar en un vórtice económico catastrófico. ¿cómo hemos logrado armar este nudo gordiano? Posiblemente por la mala intención de unos y la inexperiencia e ingenuidad de otros sumado a la idiotez de los mal llamados políticos de nuestro país.

El gobierno necesita recaudar fondos y eso nadie lo puede negar. La carga tributaria debe se asignada de manera equilibrada y sensata a través de toda la economía del país para no cometer inequidades. La forma de hacerlo es en este caso mucho más importante que el fondo de la cuestión, pues estamos ante una situación de percepciones que distorsionan la realidad. Seguramente los expertos en comunicación tienen un término para explicar esto, yo lo desconozco, pero puedo sentir sus efectos.

Desde hace días ando buscando la forma de explicar este fenómeno y no he logrado hacerlo de una forma clara y comprensible. Voy a intentarlo de nuevo. Pondré un ejemplo imaginario. Yo tengo un negocio y vendo comida. Las ventas se me han caído y no sé qué hacer para salvar mi negocio de la quiebra. Entonces se me viene la gran pensada. Voy a subir los precios y así recupero el flujo de dinero que necesito. Ustedes lectores saben lo que pasará. Terminaré perdiendo a los pocos clientes que aún me quedan.

El gobierno está encrucijada similar. Se le han caído las recaudaciones a casa de la crisis. Entonces la gran pensada es incrementar los impuestos. Esto agudiza la crisis y sus “predicciones” no se cumplirán y mientras tanto se ha peleado con quienes debieran ser sus mejores aliados.

Siento que reactivar la economía es mucho más urgente e importante que pretender estrujar la ya maltrecha que tenemos. El arte de estimular una economía es precisamente eso: un arte. Es necesario recurrir a la creatividad, el ingenio, la sabiduría, la negociación y la persuasión.

Si volvemos a mi ejemplo del negocio de comida, podría intentar bajar los precios, animar el ambiente con música, hacer promociones y esperar que con esto lleguen una cantidad suficiente de clientes que me produzcan una entrada de dinero suficiente para salvar la situación y luego buscar otras formas de estabilizar el negocio, hacer una reingeniería del mismo y con suerte levantarlo y volverlo rentable de nuevo.

Fácil de decir, pero en la realidad, difícil, aunque no imposible, de conseguir. Por ello pienso que el gobierno podría cambiar rápidamente de carril, hacer una pausa, buscar aliados, consejeros, mediadores y tratar de meterse en otro carril más conciliatorio, negociando con habilidad una salida que permita sortear la crisis y luego promover la búsqueda de una solución que permita sostenibilidad en el largo plazo.

Si la izquierda en general fuera más inteligente y menos víctima de sus pasiones y de sus resentimientos, este es el camino que debiera tomar pues a nadie escapa el hecho de que del éxito o fracaso de esta gestión depende el futuro político del partido.

Los empresarios por su parte debieran prepararse también para negociar con más inteligencia y menos hígado pues de igual forma, su futuro depende de el éxito o fracaso de estas negociaciones. Es por ello que comencé diciendo que el pacto fiscal es quizá la única solución, pero lo importante es definir qué es lo que entendemos por ello. Ahí es dónde hace falta que entre la academia, que en todo esto ha estado sospechosa y peligrosamente en silencio.

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