A los nueve años de mi exabrupto en la Asamblea

Por Hermann W. Bruch

Nueve años han pasado desde la fundación del MIRE, ese movimiento que pudo haber transformado nuestro país de manera positiva en el campo de la política, pero que fue vilmente saboteado por quienes nunca han tenido intenciones de trabajar por el bien del país, sino para su propio beneficio.

Nueve años hace que, motivado por el clamor y la indignación ciudadana que en esos días se expresaba en contra de las abusivas pretensiones de algunos diputados (la mayoría podría decir), de aumentarse el sueldo en un 30% y de permitir la importación exenta de impuestos de vehículos de lujo para su uso personal, y aprovechando el lanzamiento del MIRE, tuve la idea de irme a meter a la boca del lobo (o ¿sería mejor decir la cueva de ladrones?), al palacio legislativo, a presenciar una tragicómica sesión en la que los diputados se lamentaban de su precaria situación salarial y de la lamentable limitación que tenían a su transporte personal, todo lo cual era, según ellos, justificativo suficiente para recetarse un incremento repugnante de sueldo y prestaciones que significaba alrededor de 10,000 colones a su ya abultado sueldo de 30,000 colones mensuales.

El descaro y el cinismo con que pretendían actuar, impunemente y en contra de toda lógica y decencia, había logrado despertar en la ciudadanía entera un rechazo a tal indignantes pretensiones. Mi presencia en el recinto legislativo puso nerviosos a más de algún diputado de las fracciones del PCN y de ARENA. Recuerdo que al escuchar la diatriba del tristemente famoso diputado del PCN, un médico sonsonateco de apellido Arévalo, ese mismo que se robó terrenos a la orilla del ferrocarril para uso propio, entre otras zanganadas, me enfurecí tanto que quise pedir la palabra para exponer mi opinión en nombre de miles de salvadoreños indignados. Quise hablar con el diputado Rodrigo Ávila quien al se negó a contestar el celular. Se le veía nervioso, inquieto al pobrecito.

Entonces tuve la idea de dirigirme a la fracción del FMLN y el diputado Lorenzana se me acercó para ver en qué podía ayudarme y le pregunté que si podía pedir la palabra. Me dijo que de poder pedirla, claro que podía, pero que seguramente no me la darían. Sin embargo me aconsejó que lo hiciera y que no dejara de hablar y así a lo mejor lograba exponer rápidamente mi opinión y los medios ahí presentes tal me prestaban atención.

Eso hice y ahí se desató la debacle. Creo que lo demás es historia y no es necesario repetirla. Lo que sí es conveniente recalcar es que, debido a mi exabrupto, lo que me granjeó epítetos simpáticos de parte de los directivos de la mesa, tales como “el loco Bruch” (así me llamó Norman Quijano) y “ese loquito desquiciado” (si mal no recuerdo eso lo dijo el “Mico Alvarenga), sumado el ingenioso titular de un periódico que rezaba “El exaBruchto”, repito, debido a ello, esa noche, última sesión del año 1999, a escasos días de lo que se pregonaba sería el catastrófico fin de siglo y el famoso virus cibernético YK2, los eximios diputados no pudieron pasar el aumento de salario ni la exención de impuesto a los carros de lujo para su uso personal.

Ese fue el gran triunfo de la ciudadanía. Ese fue el bautizo del MIRE y ese fue el comienzo del fin del mismo, pues los infiltrados en el movimiento se encargaron de hacerme la guerra hasta expulsarme de la directiva y quedarse con la base de datos de miles y miles de personas que me daban su apoyo por lo que había logrado hacer en la Asamblea.

Mi visita a la Asamblea no estaba en el libreto de los infiltrados areneros en el MIRE y fui considerado peligroso por lo que, primero me pidieron, al mejor estilo corporativo, que interpusiera mi renuncia, pero al negarme a hacerlo, pues el movimiento pertenecía al pueblo y no a unos autonombrados directores, sencillamente me echaron. Estos infiltrados venía de ARENA y de los sectores conservadores. Hoy en día están cosechando el producto de esa y otras estupideces que, henchidos por su cercanía al gobierno arenero de turno y el poder que eso les daba, cometieron a diestro y siniestro hasta acabarse al partido. Hoy se rasgan las vestiduras como mujeres lloronas por lo que no pudieron defender como hombres.

No me alegro para nada de todo esto. Más bien sigo estando triste, mucho más triste que hace nueve años, pues el gran perdedor es, como siempre, el pueblo, los ciudadanos que honradamente trabajamos y pagamos nuestros impuestos – obligadamente pues no tenemos resquicios legales para eludir y evadir.

No creo que hayamos aprendido nada. La historia siempre se repite pues los humanos somos los únicos animales que podemos tropezarnos varias veces con la misma piedra. Al final de cuentas, será cuando ya no tengamos posibilidades de revertir tanta idiotez, que estaremos lamentando y lamiendo nuestras heridas. Y esa sí podría convertirse en lo que Fukuyama llamó hace 20 años, “El fin de la historia”

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