Manifiesto de la Racionalidad

Por Hermann W. Bruch

Después de un largo período de silencio, me he sentido compelido a escribir de nuevo, con la esperanza de contribuir con algunas consideraciones generales a lo que puede llamarse el ”debate nacional”.

Para efectos prácticos voy a dividir el artículo en varios sub títulos.

1. La transparencia. El términos se ha puesto de moda y por lo mismo se presta a ser distorsionado, mal utilizado y posiblemente mal interpretado por la ciudadanía en general. A decir verdad, cuando hablamos de transparencia, estamos refiriéndonos al quehacer de funcionarios de gobierno, quienes trabajan con fondos del Estado, por ende públicos y en consecuencia, nuestro dineros. Este es uno de los significados de la palabra y es quizá el que más nos interesa a los ciudadanos contribuyentes.

Pero no deja de ser menos importante mantener en perspectiva los otros significados de la palabra. Uno de ellos es el que define la palabra transparente como aquello que es claro, evidente, que se comprende sin duda ni ambigüedad”, según definición de la Real Academia.

Traigo esto a colación pues los salvadoreños no estamos acostumbrados a expresarnos ni a comportarnos con claridad. Practicamos intencionalmente la ambigüedad en aras de confundir y sacar algún provecho de ello.

Es por ello que no solo es necesario que le reclamemos al gobierno y a los funcionarios que pongan la información al alcance de los medios de comunicación y de los ciudadanos en general sino que debemos exigir al gobierno y a los medios – incluyendo a quienes ejercemos nuestro derecho de opinar – que actuamos con transparencia, con honestidad, evitando las ambigüedades y los doble sentidos que tanto daño causan en el imaginario nacional.

Por supuesto que debemos seguir insistiendo que el gobierno ponga a disposición toda la información que no clasifique como “reservada” por su calidad de estratégica en el interés nacional. Esto es una cuestión de buen gobierno y de gobernabilidad, entendiéndose esto como el equilibrio que se logra entre gobernantes y gobernados en beneficio de la estabilidad y de la paz social. Un gobierno que comparte con los ciudadanos, obtiene de estos la colaboración necesaria para poder llevar a cabo sus objetivos. El divorcio entre unos y otros no es de beneficio común y sólo favorece a los que pretenden sacar provecho personal de sus puesto como funcionario.

2. La puntualidad. Se nos ha convertido en una práctica generalizada, el ser impuntuales. Casi podemos decir que el que es puntual es mal visto por los demás. Llegar puntual a una invitación privada es casi una afrenta a los anfitriones, quienes a su vez no están listos para recibir a sus invitados y se sienten presionados.

Los eventos oficiales, las recepciones, los seminarios y presentaciones, sean privadas o públicas, jamás dan inicio a la hora indicada. Los que llegan a la hora lo hacen quizá por una costumbre de ser puntuales o para aprovechar de encontrarse con otros tempraneros y así poder hacer n poco de intercambio social o de negocios.

Las citas de negocios sufren del mismo maltrato. El visitante tiene que resignarse a esperar tediosos minutos y a veces horas, leyendo una revista vieja o de poco interés informativo, mirando a una secretaria que hace esfuerzos por aparentar estar ocupada y que a instancias del jefe hace esfuerzos por mantener tranquilo al visitante. Éste a su vez, no se atreve a tomar la decisión de levantarse y retirarse pues teme a ser considerado un mal educado o, como es de esperar, teme no conseguir aquello por lo que ha solicitado la reunión.

Si tenemos cita con el médico o con el dentista, tenemos que entender que esto no tiene ningún efecto de compromiso por parte del profesional. Es una mera formalidad para demostrar que es un profesional que tiene clientela, aunque muchas veces, el único cliente a la vista somos nosotros. El profesional seguramente no está en su oficina, se ha tomado su tiempo en llegar y la misión de la secretaria es evitar que el paciente se impaciente y se vaya.

He leído por ahí que la impuntualidad tiene un costo de un porcentaje del PIB, el cual considero un tanto alto (4.3%), pero de todas maneras suficientemente alarmante, aunque el margen de error sea de un 50%. Calcular este costo debiera ser una tarea de economistas, pero más importante es el intentar hacer algo por cambiar esta faceta tan negativa de nuestra formación cultural. Debemos comenzar por reconocer que la impuntualidad es un robo y una falta de respeto hacia los demás.

3. La libre competencia. Mucha alharaca hacemos en nuestro país acerca de la libertad y todas esas cosas que no pasan de ser palabras y frases carentes de significado. Yo quiero puntualizar específicamente en el tema de los altos precios de los medicamentos y de los insumos agrícolas, producto de la falta de libertad de competencia.

Los gobiernos de ARENA se distinguieron por hacer alarde de ser defensores de la libertad, siendo esto una gran mentira y la gran estafa que le hicieron al país. Jamás gozamos de libertad. Ésta, como muchas otras cosas, fueron privilegio de ciertos grupos de poder. El resto de los ciudadanos estuvimos siempre atados en cuanto a libertades se refiere.

El problema del costo de las medicinas del que tanto se habla, pero que por alguna extraña razón, nunca con la verdad, es sencillamente un problema de falta de libertad. No es tan complicado como quieren hacernos creer los que están detrás de mantener este odioso cerco de protección para un grupúsculo de malos empresarios (importadores, distribuidores y fabricantes de medicinas).

Si tan solo se deja en libertad a cualquiera de importar medicamentos siempre y cuando se cumpla con el requisito de demostrar que éstos cumplen con las normas de sus países en donde realmente se cuenta con laboratorios de control de la calidad de los mismos, vamos a ver cómo las medicinas bajan de precio a niveles que ni siquiera imaginamos. Hay innumerables ejemplos de medicinas que aquí se venden en niveles de los $40 y más que en otros países la gente puede adquirir por menos de $5. Esto es realmente criminal.

Existe un estudio serio y bien sustentado, que fue hecho en la universidad por el actual Vice Ministro de Salud, Dr. Eduardo Espinoza, en el que se comprueba con mucha claridad, la perversidad de la cadena de comercialización que está detrás de estos precios indecentes. Y todo esto es porque, organismos aparentemente bien intencionados como el Consejo de Salud y la Junta de Vigilancia Médica, hábilmente secuestrados por los grandes intereses, se encargan de mantener el negocio de las medicinas como un coto de caza privado en beneficio de unos pocos.

Igua cosa sucede en el campo de los insumos agrícolas, especialmente el de los fertilizantes, que está en manos de un oligopolio que mantiene el control casi absoluto de este negocio.

¿Por qué ARENA nunca permitió que se tocaran estos temas? ¿Por qué siguen poniendo obstáculos y distrayendo la discusión de estos temas en la Asamblea ahora que son oposición? La respuesta es muy sencilla. Dentro de su cúpula están representados estos aviesos intereses, tanto en el campo de las medicinas como en el de los insumos agrícolas.

El gobierno del presidente Funes tiene una gran oportunidad de corregir esto, pero no es por medio de una mal concebida Ley de Salud, que intenta poner controles a los precios que lo va a conseguir. Esto sólo agravaría el problema. Pero nuevamente, nos encontramos con “otros” intereses (AlbaMed???) que buscan que el tema siga siendo mal manejado y distrayendo la opinión pública y la culpa de esto es como siempre la ignorancia y la pereza mental de quienes podrían incidir en la solución, sumado a la picardía y la corrupción de quienes tienen la sartén por el mango: algunos muy notorios e influyentes diputados.

Por ello creo que la responsabilidad descansa en quienes tenemos la posibilidad de opinar y de crear debate serio alrededor de estos temas. Organismos como FUSADES, FUNDE, Universidades, intelectuales probos y ciudadanos honestos, estamos en la obligación de conducir el debate sin permitir que este sea distorsionado por los falsos “expertos” que son los que, motivados por “suculentos incentivos”, se prestan a la villana tarea de conspirar en contra de los intereses del pueblo en favor de los “intereses” de sus patrocinantes.

4. Los odiosos subsidios. Otra gran estafa del partido que dijo defender la libertades, entre ellas la económica. Los principio sanos de la economía de mercado, conocidos como economía social de mercado, que en algún momento dijeron defender, pregonan el concepto de la subsidiariedad del estado, concepto que claramente establece que el Estado no debe participar en competencia con los privados excepto en aquellos casos en que éstos no tienen ni el interés ni la capacidad de satisfacer las necesidades de la gente. Pero además, se acepta el subsidio como necesario y justificable, cuando es focalizado a sectores muy vulnerables.

En nuestro país, este concepto se distorsionó de manera tan perversa que tenemos agua barata para quienes pueden pagarla y agua onerosamente cara para quienes no la reciben del Estado y la tienen que comprar en condiciones precarias a particulares inescrupulosos. Esto constituye un crimen y debiera estar penalizado, pero en lugar de ellos, está institucionalizado.

De igual forma, se subsidia la energía eléctrica beneficiando a las grandes empresas, a costa de todos nosotros que pagamos impuestos. El subsidio del gas propano está rodeado de tanta corrupción que da pena. Pero el más odioso de los odiosos es el subsidio a los buseros. ( y por favor que no me vengan con el cuento de que es una falta de respeto al gremio llamarlos así). Este es un subsidio tan repugnante que les repudiado por la mayoría de la gente, excepto por supuesto, los buseros y sus compinches y corruptos diputados en la Asamblea.

5. El Estado de Derecho. En ninguna otra época ha sonado tan falta de sentido y credibilidad esta definición como en las que vivimos. Nuevamente tenemos que lamentar la triste y lamentable participación del partido ARENA en el proceso de deterioro de nuestra institucionalidad. A tal grado ha llegad esta desintegración que hablar de Estado de Derecho es casi una burla. De hecho, para poder hablar de Estado de Derecho debemos asumir que existe un Estado. Sin embargo, todas las señales que tenemos últimamente apuntan a que estamos a punto de convertirnos en un estado fallido si es que no lo somos ya.

Esto es tremendamente peligros para nuestro país. Un estado fallido está a merced de las bandas del crimen organizado que se han apoderado de las instituciones dejándolas bajo su control y para su exclusivo beneficio. Los ciudadanos nos convertimos así en meros espectadores si no esclavos pues quedamos a merced de los caprichos de estas bandas delincuenciales.

Esto no es ciencia ficción. Lo estamos viendo en el accionar de las maras y su vinculación con un sistema carcelario colapsado lo que nos produce la tasa más alta de muertes violentas de todo el continente, si no del mundo. Nuestro sistema de judicial ha dejado de ser creíble y su desprestigio es tal que ningún ciudadano honrado, en su sano juicio, se somete tranquilo bajo su imperio.

Nuestra Asamblea Legislativa carece de una agenda destinada a beneficiar a las mayorías sino que está a servicio de intereses espurios. Los diputados se han convertido en jueces y parte, machos sin dueño en tanto sus funciones éticas, pero con clara dependencia a mandatos que no representan los intereses de las mayorías.

En este contexto se desarrollan las actividades de la mayoría de los funcionarios públicos, desde la máxima magistratura (Presidente de la República), pasando por los varios niveles de mando hasta llegar al más humilde ciudadano, quienes, ante la falta del imperio de la ley y frente a una ineficiente institucionalidad, se las arregla para sobrevivir intentando no ir a parar a la cárcel víctima de arbitrariedades de quienes ostentan algún tipo de poder. (Ejemplo de esto, la celeridad para liberar a un alcalde borracho que propicia una balacera y la aparente acuciosidad para meter a la cárcel a un ciudadano que es detenido conduciendo su vehículo en estado de ebriedad. ¿Mano blanda para los propios y mano dura para los contrarios?)

6. El respeto a los demás. Como sociedad hemos recorrido un camino muy peligroso: el del irrespeto a los demás. Ya no medimos las consecuencias de este comportamiento. Irrespetamos el derecho de vía, los semáforos, las colas de espera, las señales de tránsito, las prohibiciones, el derecho de otros, la propiedad ajena, las leyes, los horarios, en fin, al salvadoreño todo le vale.

No entiendo cómo es que pretendemos que los demás nos respeten si no estamos dispuestos a respetar a los demás. Esperamos que el tráfico fluya y maldecimos a los que violan el reglamento, pero al mismo tiempo estamos violándolo nosotros mismos. Criticamos a los corruptos, pero todos tenemos algo de corruptos, lo que nos impide hacer esta crítica públicamente por temor a ser señalados. Tenemos tejados de vidrio.

Nos molesta que hablen de nosotros, pero lo hacemos constantemente de los demás. Nos quejamos que el gobierno no cumple con su mandato, pero evadimos nuestro deber de pagar impuestos cada vez que podemos y creemos que no nos pillarán haciéndolo. Señalamos en otros faltas que cometemos constantemente nosotros mismos. Si podemos hacer la trampa la haremos inexorablemente. Es cosa de vivos (peor aún, es de pendejos no hacerla).

Otro ejemplo de irrespeto es el sufrimos de parte de las mismas autoridades. Cerrar calles para permitir eventos especiales, tal como ha sucedido el Día del Soldado. La información oficial claramente mostraba las calles que estarían cerradas y las vías alternas que podíamos utilizar. Sin embargo, estas vías alternas también fueron cerradas (calle El Espino, por ejemplo) sin dar ninguna explicación. Esto ha provocado un mayor caos y molestia ciudadana. Por supuesto que nunca tendremos una explicación al respecto ni habrá sanciones a quienes se extralimitaron. Sucedió – ¡Y qué!

7. La necesidad de prestigiar la Justicia. Esta es quizá una de las cuestiones más trascendentales en cuanto a la convivencia de una sociedad. Si los ciudadanos no confiamos en nuestras instituciones de justicia no hay nada que garantice la paz social. Nada que tratemos de hacer en torno a la violencia, a las pandillas delincuenciales, al crimen organizado o al narcotráfico tendrá la más mínima oportunidad de éxito si nuestro aparato judicial carece de credibilidad y de prestigio.

Por lo tanto, es imprescindible que pongamos toda nuestra atención en este aspecto, que no es solo incumbencia de las autoridades sino de la sociedad entera. De todas nuestras instituciones, ésta es la más importante. Desde los albores de la humanidad, el tema de la justicia ha sido siempre el que más ha acaparado la atención de sabios, de reyes, de pensadores. La Biblia está plagada de ejemplos y es triste ver cómo es una de las instituciones más abandonadas de nuestro sistema en general. ¿Será esto sintomático del deterioro que sufre nuestro Estado y por lo que hay quienes creemos que ya somos un estado fallido? La pregunta queda en el aire y cierra este espacio de reflexión. Si no estamos dispuestos a meditar y a encontrar solución a este problema, mejor nos olvidamos de todo lo demás.

Mayo 2010

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