Mejor me callo

Por Hermann W. Bruch

La mitad del meollo de la cuestión está en si tengo o no los huevos de decir lo que calienta mi mente hasta el punto de estallar en una diatriba escrita o hablada. La otra mitad del meollo está en si habrá quién tenga los huevos suficientes para permitirme decir en su espacio o medio lo que yo tengo huevos para decir, pero requiero de tribunas para decirlo. En pocas palabras, la reforma al Artículo 191 es una cuestión de huevos y por lo tanto de lo que se trata es de si hacemos huevos revueltos o estrellados o si nos mandamos a preparar un delicioso “omelette”.

Por ahí he escuchado hablar de que ahora todo esto tiene que ver con que se han magnetizado los imanes y de repente cualquier cosa que digamos se convierta en un imán para que alguien se sienta ofendido y ponga una demanda que eventualmente me mande a bartolina por un tiempo.

Qué lástima que en medio de tanto desastre natural, en medio de tanta tragedia humana causada por la naturaleza animal del hombre como por la naturaleza en sí, estemos debatiéndonos acerca de si la sentencia de los Cuatro Fantásticos de la CSJ va en contra de nuestros derechos fundamentales a la libre expresión o no. Y de repente nos encontramos con lo más evidente de todo: en nuestro país no hay profesionales del derecho que tengan la más mínima idea de lo que es jurisprudencia. Lo digo exponiéndome a que se reúna un número de abogados y me entablen una demanda por difamación, calumnia y desprecio al honor de tan noble profesión.

Trataré de explicarme. Cuando medimos una longitud, tomamos una vara de medir y anotamos la medida. Nadie discute si esa medida es cuatro o cinco o seis o lo que sea. Sencillamente es lo que es y punto. De igual forma si tomamos una muestra de una bacteria y la analizamos químicamente, el resultado no es debatible. Pero con el fallo de la CSJ, han saltado todos los expertos (y los charlatanes) y han vertido cualquier cantidad de opiniones que lo que menos hace es aclararnos la cosa. Todos se contradicen entre sí. Y lo que consiguen es confundirnos de tal forma que el final del día yo llegue a la conclusión de que mejor me callo. Esa es la labor de los abogados: confundir, nunca resolver.

Y ese es precisamente el objetivo de quienes se rasgan vestiduras por doquier a raíz del mentado fallo. Es el miedo lacerante a la libertad que predomina en ciertas mentes calenturientas de nuestro país. Si todos los que estamos en la llanura llegamos a la conclusión de que mejor me callo pues de lo contrario me pueden meter a la cárcel, es el equivalente de lo que en sus momentos más oscuros logró hacer la “santa” inquisición de la “santa madre” iglesia católica romana.

No hay nada más efectivo para eliminar oposición y competencia que meterle miedo a la gente. Antes el miedo se producía mediante la amenaza de castigos descomunales de tortura y muerte a quien se oponía al pensamiento del infalible poseedor de la absoluta verdad “verdadera”, la palabra que provenía directamente de dios a través del omnisapiente y omnipotente prelado.

Hoy, esa verdad la quieren tener los privilegiados dueños de medios o de espacios mediáticos quienes pretenden tener protección de ley para arremeter contra quien quieran cuando quieran y por lo que quieran sin tener que someterse a las reglas que los demás ciudadanos – de segunda clase – debemos respetar so pena de ir a la cárcel. Y para ello contratan abogados que se contradicen unos a otros y hasta meten diputados en la asamblea, para tratar de mantener los privilegios que siempre han tenido.

Bienvenido el fallo de la Sala de lo Constitucional de la CSJ. Ahora lo que falta es que nuestros 84 fantásticos enjaulados en la leonera legislativa (si me quieren meter a la cárcel mi dirección está en el directorio telefónico), repito, que los 84 fabulosos e iluminados fantásticos legisladores emitan una pieza magistral de legislación que permita hacer y decir cualquier cosa sin cometer atropello a la Constitución.

Por si acaso, les recomiendo leer a Frederic Bastiat pues tal vez les aclare algunas cosas relacionadas con la ley y tal vez se les simplifique su labor. No hay mejor ley que la que no se hace. Sigan cobrando su sueldo y olvídense de legislar. El pueblo entero se los agradecerá.

Y a partir de este momento y hasta que las aguas se calmen, Mejor me callo.

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