Es cuestión de costumbres y protocolos sociales obsoletos y caducos

Por Hermann W. Bruch

La expresión la escuché por primera vez a un ilustre ciudadano salvadoreño, de los que actualmente escasean, don Francisco de Sola padre. Estoy seguro que él acuño el término “obsoletos y caducos”, cuando hablaba de prácticas que en nuestro país seguían arraigadas en el desempeño de funcionarios que de manera ostentosa causaban daño a nuestro progreso. Ambas palabras son genuinas palabras del idioma castellano y no fueron inventadas po él. Pero en su momento, cuando él las utilizó, causó impacto y conmocionó al estamento (“establishment”).

Ahora quiero utilizarlas para describir ese sonado del maltrato familiar en el que se encuentra involucrado Mario Acosta Oertel, alto dirigente del partido ARENA, ahora renunciado de su cargo. El caso ha tomado notoriedad porque reviste una serie de aspectos que actualmente son de actualidad: el maltrato a las mujeres (ahora ya tenemos una ley que castiga eso), el abuso de autoridad, la prepotencia, especialmente la masculina y, más aún, la que proviene de sectores de la derecha (similares casos se han conocido recientemente en los EE.UU.)

Esto último se ha convertido en una marca distintiva del debate público: es un hombre de derecha, abusador, prepotente, finquero, seguidor del escuadronero dipsómano fundador del partido ARENA, etc. Todas estas idioteces que al final no hacen más que distorsionar la discusión seria y honesta del caso que nos ocupa.

A nadie escapa que de igual manera se comportan ciertos personajes de la izquierda, pero como no pertenecen a “la clase social privilegiada”, no son tan culpables como los del otro bando. El machismo no es una cuestión de ideologías sino más bien una cuestión cultural, de raíces religiosas, herencias de nuestros ancestros colonizadores, interpretaciones perversas de libros sagrados. El machismo es también una cuestión de mujeres. Es fomentado por mamás en sus hijos hombres; es inculcado a las niñas desde pequeñas cuando se les enseña a someterse a la voluntad del hombrecito de la casa. Es una aberración cultural y no una aberración ideológica.

En el caso de la señora demandante del “verguiador” marido, la sociedad entera, especialmente los más allegados a esa familia, seguramente han conocido por años esta situación, pero se ha mantenido como un secreto de familia, de amistades, bien guardado (aunque bien chismorreado en tés y cafés) por aquello de que “la ropa sucia se lava en casa” y no se ventila públicamente (argumento este último, utilizado por el mismo señor Acosta Oertel y seguramente avalado por una gran mayoría de personas “de bien”).

Claro que es más fácil echarle la culpa de estas cosas a las ideologías en lugar de tratar de trabajar en la erradicación de estos protocolos y costumbres que se arrastran inexorablemente en contra de los tiempos y de ahí que yo los llamo obsoletos y caducos.

Si nuestra intención como sociedad quiere ser seria y honesta, lo primero que debemos hacer es propiciar un franco y abierto debate público acerca de estas cosas, no dejándolo todo en manos de “las leyes” esos instrumentos tan deficientes y mal hechos que nos entregan los diputados, esos personajes políticos muchos de ellos sin instrucción notoria y otros con instrucción notoriamente desquiciada, deforme y depravada.

El debate lo debemos propiciar los ciudadanos, tal vez liderados por expertos intelectuales ilustres, personas de conocida solvencia moral (no abundan en nuestro medio, pero si los buscamos, seguramente encontraremos unos cuantos) y permitiendo la participación amplia, especialmente de jóvenes que están entrando a la vida pública (estudiantes de secundaria, universitarios, profesionales recién graduados).

Como sociedad estamos obligados a darle a estas cuestiones la más seria y profesional atención. Hemos venido descuidando mucho nuestros códigos de convivencia y los hemos dejado al azar, mientras el mundo entero evoluciona, todo lo cual contribuye que nos vean como una sociedad asintónica con el resto de naciones pertenecientes a la cultura judeo-occidental.

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